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Hoy es Jueves 20 de Febrero de 2020  |  

Ecodenuncia: El café del Rollo

 
 

Me dio una pena el otro día cuando pasé por la puerta del Café del Rollo y lo miré, es uno de los edificios más emblemáticos de Jumilla amenazado tal vez por la excavadora de la especulación un tanto paralizada a su vez ahora por la crisis. Es uno de los edificios más emblemáticos de Jumilla.

Como jumillano viejo que soy y mucho más que me siento me dejé llevar por la nostalgia y empecé a evocar lo que este lugar ha representado para varias generaciones, entre ellas la mía, y la gran cantidad de recuerdos que se nos quedarán muy dentro, si como se teme, al final sus paredes son derribadas, como las de tantos otros edificios que desde la Iglesia de Santa María al jardín del Rollo han seguido esa triste suerte, convirtiendo la popularmente llamada “Calle de la Feria” en una especie de pintoresco y anodino engendro urbanístico y perdiendo de forma irreversible una parte de Jumilla que ya no recuperaremos, y esto no forma parte de ningún romanticismo trasnochado, ni mucho menos, es que con la pérdida de estos edificios tan nuestros se pierden las señas de identidad de un pueblo,(y por supuesto, que no digo nuestros en sentido de propiedad que nadie discute a sus legítimos dueños la propiedad, sino en el sentido entrañable que encierra la expresión cuando es aplicada a un lugar tan entrañable como el café del rollo lo fue para muchos jumillanos) Yo mismo refugié muchas tardes de soledad entre sus paredes. Y es que había algo entre ellas algo acogedor, eran como un segundo hogar, donde echar la partida jugándonos el café o la manzanilla; no era por casualidad cuando preguntaban en alguna casa por algún hombre, su mujer solía contestar: “Está en el Café del Rollo”, naturalmente, pues allí solía desarrollarse la vida social de medio pueblo, era como “El Casino” de esta parte del pueblo, de los “no señoritos” aunque también alguno que se ajustase a esta descripción se dejaba ver de vez en cuando entre sus mesas.

Allí se concertaban las horas para salir hacia el trabajo al día siguiente, allí donde se empezaba a gestar lo que acabaría siendo un trato, una gestión comercial, compraventa o algo así.

Su puerta y sus balcones ofrecen una perspectiva ideal para presenciar las procesiones de Semana Santa- aunque cada vez las acortan tanto que un día acabarán no llegando hasta aquí- precisamente en su fachada ostenta un mosaico con el Hecce-Homo, emblemática imagen de la Cofradía del Rollo, una de las más significativas de nuestra Semana Santa.

Las personas que lo regentaban gozaron del aprecio y la simpatía de todos los jumillanos que se ganaron muy merecidamente, ¡y como no se la iban a ganar! Si su profesionalidad era impecable, vestidos de etiqueta y con amabilidad atendieron siempre al personal, eran César y Valentín, camarero y barman, “tanto monta, monta tanto”, con una sonrisa siempre impecable, aseados y bien vestidos, te servían el café con un vasito de agua fresca en verano, que ni siquiera pedías, ¡igual que hoy, que te cobran veinte céntimos por un cubito de hielo  “pequeñajo” que te han puesto de “mala folla” en el café a las tres veces de pedirlo.

Tuvieron una máquina recreativa que fue pionera “El habilín” muy rudimentaria, valía una peseta la partida pero si le cogías la maña, te podías pasar toda la tarde jugando y haciéndote partidas gratis, y cada vez que lo conseguías aquello hacía un ruido tremendo y todos volvían la cabeza, alguno hasta se sobresaltaba.

Cuando en pocos sitios había billar, ellos ya tenían dos, un billar clásico y un “champolín”, donde aprendieron la mayoría de jumillanos que hoy saben jugar algo.

No sabemos en caso de que derriben el Café del Rollo lo que se construirá en su lugar, pero conociendo la tendencia de las nuevas constructoras, no hace falta poseer dotes premonitorias para predecir que será un bloque de viviendas tan impersonal como tantos otros, que dado en el sitio que estarían, valdrían “un potosí” al alcance como no, de economías pudientes, pero la estética no tiene porque ser diferente a lo que se viene construyendo hasta ahora, sacrificando a la funcionalidad en aras de un mayor confort a base de emplear materiales y elementos anti acústicos y antitérmicos para conseguir un perfecto aislamiento del exterior y de paso del propio vecino, ¡qué incordio! que dejará definitivamente de lado la pueblerina costumbre de intercambiar cebollas, limones, o puñaditos de sal, y es que nada hay para destruir ese espíritu de convivencia vecinal como construir bloques de pisos, y que un pueblo deje de serlo sin llegar a convertirse en ciudad, siendo en cambio, una especie de monstruo arquitectónico a mitad de camino entre el pasado y el futuro, una especie de grotesca mezcolanza urbana que no se sabe muy bien que pretende ser o si pretende siquiera algo que no se mantenerse en pie.

La única posibilidad o solución que se vislumbra para conceder el indulto a este emblemático edificio sería que los mecenas de hoy, una entidad bancaria, por ejemplo, tomara cartas en el asunto y lo habilitará para salas de exposiciones, museo, biblioteca o algo parecido, o se propusiera a los propietarios una especie de permuta, para que sin perjudicar sus intereses pasara de ser de propiedad privada a convertirse en un bien público.

De este modo, podríamos seguir recreándonos en la contemplación de la fachada de un edificio de los más característicos de Jumilla que marcó toda una época y alberga entre sus muros los recuerdos más entrañables de algunos jumillanos.

 

Juan Castellanos Gómez.

 
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