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Hoy es Viernes 19 de Abril de 2024  |  

Pintar el Arco Iris

 
 

Llegó cansado y desilusionado de todo, harto de dar tumbos a aquel pueblecito blanco de una isla balear, llegó queriendo rehacer su vida y buscando trabajo, cosa rara en aquellos tiempos ¡Lo encontró! como pinche de cocina en un sencillo hotel de dos estrellas. Sus veinticuatro años, su sinceridad y sencillez, la transparencia de sus ojos claros de niño grande y sus ganas de vivir, de integrarse a una sociedad que hasta entonces le había sido hostil, constituían todo su bagaje.

Cualquiera que le mirase a los ojos, a aquellos ojos claros de color gris suave, podía ver en ellos un matiz de ingenuidad y se preveía mirándolos que tenía toda una vida por delante, si bien es cierto que Carlos, pues así se llamaba este muchacho tenía todo un pasado a sus espaldas, un oscuro pasado ya vivido.

Atrás quedaban sus años de estudiante fracasado -¿Por culpa de quién? –dos amores frustrados, un padre que había fallecido y seis meses ingresado en una clínica psiquiátrica. Había roto con todo. Había dejado su ciudad y su entorno  y se había ido lejos, a buscar el mar, cuya contemplación da sosiego, tranquiliza, relaja…

La vida de este chico pasó por un periodo de equilibrio al que el destino había maltratado tan prematuramente al entrar en contacto con una sociedad más tolerante, una empresa correcta que no especulaba con el sueldo de sus trabajadores y un entorno de personas sencillas, abiertas y nobles. Todas estas circunstancias positivas habían obrado como un bálsamo en su antes azarosa existencia.

Con el dinero que ganaba podía hacer frente a sus gastos que tampoco eran muy cuantiosos y había descubierto esa maravillosa sensación que proporciona saber que uno se basta a si mismo para hacer frente a sus necesidades materiales sin ayuda de nadie. Con su modesto trabajo de pinche de cocina se sentía realizado. Había dejado hacía tiempo la posibilidad de encontrar un trabajo acorde con esa formación, pues consideraba que tenía medio olvidados los conocimientos que había adquirido con unos estudios que en cierto modo le habían sido impuestos.

Tenía aptitudes innatas para las cosas artísticas y conoció a Geraldo, un veterano pintor de estilo impresionista y que había adquirido una categoría internacional, pues habían sido muchos los países en los que había celebrado exposiciones obteniendo un gran éxito, tanto en Europa como en América, principalmente en Alemania y Canadá. Era un hombre mayor, de 68 años, que no tenía familia, lleno de rarezas y con el mal genio que casi siempre caracteriza a todos aquellos a los que otorga la Naturaleza, el don de rallar en la genialidad.

Pese a todo se hicieron buenos amigos Geraldo y Carlos, veían en cierta forma uno en otro, al padre y al hijo que ambos no tenían, consiguiendo tal vez paliar en cierta medida el vacío que cada uno de ellos llevaba muy dentro.

Accedió Geraldo –no con pocos recelos al principio- a dar clases de dibujo y pintura a Carlos, que si bien mostraba unas cualidades para las artes plásticas fuera de lo común, tenía en cambio megalomanía (delirios de grandeza) y los progresos que hacía, que si bien eran realmente notables, los realzaba más todavía con comparaciones metafóricas, pues cuando daba los últimos toques a alguno de sus trabajos afirmaba satisfactoriamente que al dar aquellas últimas pinceladas al papel, era como si este hubiera lanzado un mudo grito de aprobación estimulándole a seguir adelante. Y para colmo afirmó que una noche había soñado que se iba con los ángeles a pintar el arco iris, después haber diseñado los colores de las alas de las mariposas, las plumas de los gorriones y las escamas de los peces que alegran con sus vivos colores la vida de las profundidades marinas.

Esta fue la gota que colmó el vaso, llenando de indignación al maestro, que le regañó y le llamó presuntuoso, diciéndole que la vanidad era un defecto que un artista nunca debería tener, siendo los demás los únicos indicados para valorar o criticar la obra de un pintor, pero nunca uno mismo debería alabarse a si mismo si no quería convertirse en un pedante.

Tanto Carlos como su maestro Geraldo procedían de diferentes partes de aquel vasto país al que pertenecían, lo cual hacía que sus mentalidades fueran algo divergentes. Geraldo por su parte atravesaba frecuentes e intensas crisis depresivas que eran agravadas porque no estaba comiendo lo suficiente pues padecía una aguda psicosis de adelgazar y como era una persona de carácter fuerte había muchos momentos en los que era poco menos que imposible soportarle.

Carlos, por su parte, vivía sumergido en sus sueños de fama y notoriedad a los que habrían de llevarle sus estudios de dibujo y pintura, consecuencia lógica de su esfuerzo y trabajo, pensaba él.

Cuando el viejo pintor se sentía enfermo, Carlos  llamaba al médico y le traía la comida de algún snak-bar cercano que consistía en un bistec de ternera a la plancha con poca sal y algo de ensalada, otras veces medio pollo con patatas. Cuando su trabajo se lo permitía iba a ver como se encontraba su amigo y si podía serle útil de alguna manera.

En una ocasión en que Geraldo permaneció varios meses ingresado, Carlos iba a verle a diario y a llevarle los periódicos.

Pero en cuanto el maestro se restablecía y regresaba a su apartamento-estudio y compartían las dos horas de clase, la tregua cesaba y volvían nuevamente a sus habituales discordias.

En una ocasión la rencilla fue ocasionada porque Carlos se negó a aprender la forma en que se hacía el color negro a partir de otros colores, alegando ¿Para qué aprender a hacer el color negro si ya lo venden fabricado en tubos.

El furor de Geraldo no tuvo límites aquel día, repitiendo como cada vez que se enfadaba que se iba a morir enseguida y que se le daba igual todo porque para él la vida ya se acababa, que era ley de vida que los viejos muriesen y que a esta fuerza o ley natural, despiadada e implacable no había quien la parase y que no sería él quien lo intentara.

Sin embargo….. Existen dolorosas excepciones y el destino caprichoso e inmisericorde elige sus victimas de manera arbitraria.

Una mañana de otoño el cuerpo de Carlos apareció en la playa, hinchado como un odre, ¡sin vida! Su alma había volado ¿al cielo?

Ya estará sin duda, pintando con los ángeles los colores del arco iris, diseñando alas de mariposas y matices de atardeceres, escamas de peces y nuevas auroras, -pensó Geraldo, el viejo maestro, con los ojos anegados de lágrimas- cuando se quedó tan solo, sin la compañía de aquel muchacho que le hacía de rabiar y tenía ojos claros y transparentes de niño grandote.

Juan Castellanos.

 
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