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Hoy es Lunes 15 de Abril de 2024  |  

Canción de cuna a un niño que no llegó a nacer

 
 

Por una callejuela tortuosa y retorcida de una anónima ciudad insular, al pasar por una plazuela, a eso de la media mañana cuando cuelgan las alfombras de los balcones y empiezan a vomitar humo las chimeneas  de las fábricas y las agujas del reloj han avanzado lo suficiente para que hasta los trasnochadores más persistentes hayan abandonado sus lechos.

Atrae la atención una voz femenina, suave como un soplo de brisa matutina y delicada como si brotara de la garganta de una criatura celestial. Esta dulce voz de afinadísimas cadencias musicales, que no puede dejar indiferente al transeúnte, sale de una estancia anexa a un balcón en el que se apiñan de forma desordenada varias macetas de claveles y geranios. Algunas hojas empiezan ya a reverdecer, anunciando la próxima llegada de la primavera.

Hoy tengo el día libre y me he levantado demasiado temprano y un poco deprimido. Anoche discutí con Isabel (mi novia); estuvimos en una discoteca hasta altas horas de la madrugada, y bebí alguna copa de más, como suelo hacerlo cada vez que salimos sin tener que volver a una hora determinada.

Es una mala costumbre mía, pero no puedo dejar de hacerlo, tengo la boca reseca, ¡debe ser la resaca! Y me duele la parte superior de la cabeza. Siempre me propongo no beber tanto la próxima vez y, sin embargo, vuelvo a reincidir hasta llegar como anoche casi al borde la embriaguez.

Sigo caminando por las calles empinadas y zigzagueantes, no se ve a casi nadie. Un gato negro se despereza en un portal. Una señora obesa tiende sábanas en una terraza y un tanto distorsionadas por los años que debe tener el receptor suenan las notas de una pegadiza canción.

Continúo subiendo hasta llegar al final de la cuesta. Desde aquí se ve el mar y siento un momento de alivio, pero sigo teniendo la garganta seca. Lentamente bajo por donde he subido y llego a la misma plaza donde momentos antes he visto una fuente.

Me mojo las muñecas para sentirme mejor y me pongo un poco de agua sobre la frente que parece arder, bebo también un poco y noto que el agua tiene un fuerte sabor a cloro.

En el preciso momento que mi paladar intenta asimilar el ingrato sabor del agua de la fuente, llega a mis oídos la misma tonada que escuché la subir. Es una bonita canción de cuna y la voz está impregnada de una ternura y maternalismo que conmueven y ante el cual es imposible permanecer indiferente, entonces me doy cuenta que en el primer piso de una casa de enfrente, en la planta baja hay dos pequeñas tiendas de suvenir, donde se arraciman toda clase de objetos pintorescos y típicos del país, de los que hacen los hippies: collares de nácar, conchas marinas pintadas, chalecos y abalorios de piel, pulseras de colores, libros, postales… todo un mundillo de fantasía desbordante, pero lo que más atrae y enciende mi imaginación  es esa nana que se escucha, monótona, pero que suena dulce y angelical. Al oírla me siento transportado a un utópico mundo de felicidad, donde se conjugasen la innegable mano de la providencia al dotar a esa criatura de una voz tan dulce y la máxima aproximación de la perfecta felicidad humana tan idealizada como inalcanzable.

Me conmueve profundamente la voz de esta mujer que canta una nana a un niño con una dulzura y musicalidad, con una afinación tan perfecta que los querubines envidiarían si la escuchasen como yo lo estoy haciendo ahora. Evoco mi niñez y rememoro la voz de mi madre rasgando el silencio con su timbre de mujer melodioso y apacible, llegando a mis oídos embotados por las nebulosas de la inconsciencia infantil, y mi mente divaga y se pierde por la ya lejana época de los primeros pasos y las primeras palabras.

Al mismo tiempo y como contrapunto de estos etéreos pensamientos, siento en la garganta el mal sabor de boca de las palabras que tuve anoche con Isabel, discutimos la fecha de nuestra boda y yo que nunca tengo prisa para nada, me pareció como precipitado casarnos ya el próximo otoño, y sin tener todo lo que nos hace falta todavía, ni siquiera nos han concedido la hipoteca, por eso recuerdo que ella me dijo casi rondando la histeria, ¡Si lo seguimos pensando y aplazando, no nos casaremos nunca!

¿Desea algo, joven? De momento al oír eta voz me sobresalto, se trata de la señora de la tienda, sin darme cuenta me he acercado demasiado al surtido de baratijas, y me ha tomado por un cliente esta mujer de rubio rodete, gruesa y bien segura de si misma sobre sus regordetas y torneadas piernas. ¡Ah! No, perdone señora. Al mirarla me doy cuenta de que me está mirando severa y atentamente y seducido por su ineludible influjo comercial le pregunto, ¿Cuánto vale este collar? Mis manos que torpemente se han posado sobre un collar de pequeños caracoles marinos que cuelga de un clavo junto a una gran cantidad de colgaduras, es evidentemente bonito ¡Ciento cincuenta pesetas! Responde la señora. Saco un billete de quinientas y se lo doy, mientras con su enjoyada y regordeta mano busca el cambio en los bolsillos de su delantal, entre osada y tímidamente le pregunto: ¡Oiga! ¿Podría decirme quién canta tan bien encima de su tienda? Al oír esto, la mujer frunciendo el ceño mientras me alarga las vueltas exclama ¡Es Margarita, pobre chica!

Al oír esto, mi extrañeza va en aumento y resistiéndome a recoger el collar que ha envuelto en un descolorido papel, vuelvo a preguntar ¿Por qué pobre? ¡Con una voz tan bonita como la que tiene, debería sentirse muy afortunada! Entonces la mujer aclarándose la voz me responde. Déjeme usted contarle…  Margarita era una chica maravillosa, yo la vi nacer y crecer hasta convertirse en una preciosa jovencita, siempre fue una niña muy bien educada y muy cariñosa, y en el colegio era de las que mejores notas sacaba. En las festividades religiosas, cuando cantaba en el coro de lo iglesia, lo hacía como los mismo ángeles, pero después creció y conoció a un chico con el que estuvo saliendo mucho tiempo. A sus padres les desagradaba mucho aquella amistad o lo que fuera, e intentaron quitárselo de la cabeza, pero no consiguieron nada. Un día este chico se tuvo que marchar porque su padre era militar y lo trasladaron a la península, y la pobre niña se quedó muy triste, perdió las ganas de comer, yo creo que hasta de vivir quedándose muy pálida y delgaducha, al pasar unos meses descubrió con asombro que estaba embarazada.

Cuando lo supo, temiendo las iras de su padre que es un hombre muy enérgico y de haberse enterado hubiera sido terrible, mal aconsejada por unas amigas, fueron a ver a una mujer que según les informaron ejercía esta clase de cosas tan horribles ¡Dios nos libre!. Les dijeron que era muy sencillo y que no habría ningún tipo de problemas, pero surgió alguna complicación que no habrían previsto, y tuvieron que correr, porque si no la pobrecita se les hubiese muerto, perdió mucha sangre y estuvo a punto de morir, la internaron en un hospital donde permaneció varios meses, pero su razón quedó muy afectada y no se ha quedado bien mentalmente, pues aunque esto hace ya tres años  que ocurrió, se pasa días enteros acunando a un muñeco y cantándole nanas, le cambia los pañales y se los lava como si fuera un bebé de verdad, algunas veces se le olvida y pasa varios días sin hacerlo, pero otro como hoy está todo el día cantando esa angustiosa nana, que miré usted, a mi acaba poniéndome de los nervios.

Al decir esto la mujer me extiende el envoltorio y enjugando una lágrima que empieza a resbalar por su mejilla, me dice….¡Perdóneme, tengo trabajo! Y me da la espalda. Entonces, se oye de nuevo, más patéticamente que nunca, el hilillo de voz de Margarita:

“Duérmete lucerito de la mañana,

Duérmete lucerito

Duérmete y calla….

Noto que algo me oprime la garganta, subiéndome hacia arriba como un tornado, mientras bajo lenta y pesadamente las calles del empinado barrio que rodea la iglesia, el murmullo y la vorágine de la ciudad nueva me absorbe como una parte infinitesimal del Cosmos. Al llegar al bloque de apartamentos donde vivo, está esperándome Isabel, con su bolso a la espalda, el cabello suelto sobre los hombros, un cigarrillo encendido entre los dedos y cierto aire de impaciencia en la mirada.

Se me ha pasado el dolor de cabeza, pero como el peso de otra emoción me afecta tan considerablemente que Isabel me pregunta alarmada ¿Te ha sucedido algo? ¿Dónde has estado? ¡Te noto extraño! No es nada, le respondo y ofreciéndole el papel le digo; ¡Toma, es para ti, un pequeño regalo! Al desliarlo exclama, ¡Es muy bonito, gracias! Y con más deseo de levantarme el ánimo que de otra cosa, me da un beso en la mejilla.

Saber que Isabel no está enfadada conmigo, es un gran alivio para mí y también que la resaca se me haya pasado me hace sentir mejor, pero no puedo olvidar la experiencia vivida y tal vez esta noche escuche en sueños esa “Dulce canción de cuna” a un niño que no llegó a nacer.

Juan Castellanos

 
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2 Comentarios
  1. anonima dice:

    también me ha encantado, debería escribir mas relatos de este tipo.¿tienes algún libro escrito?

  2. Dori dice:

    Otra de tus genialidades Juan! Me encanta tu manera de expresar las cosas, hacen que parezca que uno está en ese lugar y en ese momento. Eres genial y tus historias así lo demuestran!!!

 
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