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Hoy es Lunes 15 de Agosto de 2022  |  

El ángel exterminador líquido

 
 

Artículo de opinión

Bartolomé Medina

Han pasado los meses por encima de este blog, entre peripecias, cambios y distracciones de su autor, pero hoy volvemos con ánimo de ser asiduos a unas reflexiones que creemos necesarias. Si algo nos queda claro en este mundo endiablado es que si alguien tiene algo que decir debe asumir la responsabilidad de hacerlo público, y todavía hay medios que permiten hacerlo de forma rápida y barata.

Recordamos en esta nueva entrega la célebre película de Luis Buñuel El Ángel Exterminador, de 1962. Más de cincuenta años nos separan de un filme que está hoy más vigente incluso que el día de su estreno. En la producción mejicana se nos relata el comportamiento de un grupo de invitados de clase social acomodada a casa de la familia Nobile. Tras la cena en el salón, los criados han abandonado la casa, y los invitados se disponen a hacer lo mismo cuando una fuerza invisible les impide salir de la estancia. Son incapaces de hacerlo, se siente paralizados a pesar de que las puertas están abiertas y no hay obstáculo aparente. A partir de aquí se despliega la conocida crueldad de Buñuel a la hora de diseccionar a los personajes. No vemos aquí el clásico surrealismo del aragonés, sino más bien un estudio implacable del fracaso de una serie de convenciones y protocolos ante una situación de deseo frustrado.

Los burgueses de la calle Providencia, domicilio del anfitrión, lejos de actuar en grupo para solucionar positivamente su situación, recurren, en primer lugar, a la tensa espera pasiva, después, al autoengaño, más tarde, a culpar al otro, para terminar en la más absoluta degeneración social y psicológica.

Aquí es donde arranca nuestra reflexión, porque parece que el propio Zigmut Bauman hubiera tenido en cuenta la cinta para crear su concepto de “modernidad líquida“, que describe una sociedad flotante de relaciones volátiles, de sentimientos superficiales, amores volubles e irresponsabilidad hacia el prójimo. Una sociedad que aparenta moverse pero que en realidad permanece varada en una especie de charca de fango líquido. Son tantos los indicadores de que nuestra sociedad es cada vez más líquida que ocuparían una enciclopedia, pero citaré únicamente algunos salidos de encuestas y sondeos.

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Pongamos algunos ejemplos.

En el último barómetro del CIS (julio de 2015), ampliamente citados por los medios, la corrupción baja varios puestos en la preocupación de los ciudadanos, mientras que entra como problema a tener en cuenta la inmigración. Es decir, en esta sociedad líquida nuestra, los líquidos invitados encerrados en el salón de nuestro estado han asumido como razonable un problema en realidad insoportable como es la corrupción. En El Ángel Exterminador, varios burgueses descubren el maletín de un médico y usan el láudano que contiene no para curar o consolar a una enferma terminal que finalmente muere en la habitación, sino para evadirse de la realidad angustiosa que los oprime y de la que intentan apartar la vista. En otra escena, alguien arroja desesperado un objeto por la ventana rompiendo los cristales y se oye una exclamación abajo, en la calle; uno de los invitados comenta con chanza que sería un judío que pasaba. Así ocurre en este salón nuestro de espejismos lleno de ciudadanos atrapados: los inmigrantes -los otros- son el problema, culpar al otro y eludir la propia responsabilidad es un rasgo fundamental del sujeto líquido. La emigración, por ejemplo, que sí es un problema propio y preocupante de nuestro conjunto social, ni siquiera aparece reflejado. Autoengaño líquido.

En una sociedad acomodaticia subyugada por miedos dirigidos (ver La economía del miedo, de Joaquín Estefanía o El miedo a los bárbaros, de Tzvetan Todorov), los sujetos son capaces de soportar situaciones infrahumanas a cambio de conservar ridículos flecos de un supuesto espacio de confort en realidad ya desaparecido. Asistimos de esta forma a múltiples vejaciones en un mercado de trabajo donde la precariedad roza los territorios de la esclavitud. En la obra de Buñuel, un hombre, acuciado por el hambre, prueba a comer papel decorativo de las paredes (genial metáfora de la inutilidad de las convenciones degradadas) mientras recuerda, en un típico giro psicoanalítico, que disfrutaba comiéndolo en el colegio. En otra escena, varias mujeres beben de las venas de agua abiertas en las cañerías del salón, pues cocina o cuarto de baño están lejos del alcance, e incluso se llega a preparar un retrete improvisado.

Y todo ello por la incapacidad de escapar de ese espacio opresivo cercado por las convenciones caducas de la burguesía -interpretación de Buñuel- o por la superficialidad líquida -según la traslación que ensayamos aquí- de nuestra sociedad.

La idea de volver a la posición inicial, propuesta de un personaje llamado Walkiria, da un respiro momentáneo a estos seres destrozados por tabúes y los miedos. Es un espejismo. Buñuel volverá a colocar en similar o peor situación a sus criaturas (que disecciona como buen aficionado al psicoanálisis) en la posterior misa de acción de gracias, momento final de la película que trataremos en la siguiente entrada.

 
 
 
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