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¿Será este año el que pille a Papa Noel?

¿Será este año el que pille a Papa Noel?

Todos los años lo intento, pero ninguno lo consigo, Papa Noel siempre logra entrar sin que yo lo sorprenda y la verdad es que me muero por hacerlo, me he pasado noches enteras esperándole, acechando acostado en el suelo sobre una manta, escondido detrás del sofá para ver si le oigo trepar al balcón, las cortinas se mueven, a veces crujen los cristales o la madera reseca de los muebles viejos, pero nada ¡Qué rabia, nunca lo pillo! Y cuando miro al árbol siempre lo mismo, los paquetitos apilados de manera ordenada junto a la maceta forrada con papel de aluminio, el contenido es de suponer que sean libros, ya tengo muchos y aunque tengo ganas de leerlos me falta el tiempo como a todos. Los tengo guardaditos de una año para otro, ya te leeré les digo, pero el tiempo parece ir cada vez más deprisa y cada vez nos falta más tiempo para dedicarnos a la lectura.

El otro día mi cuñada me invitó a comer una paella que hace como nadie de bien, y después del atracón traje a mi sobrina a casa de su abuela a estudiar y en el trayecto le conté  mis tribulaciones para intentar atrapar a Papa Noel y me contestó con toda la naturalidad del mundo y esa ingenuidad de los niños que todavía no la han perdido.

¡Tío, no se puede! ¿Pero niña, cómo no se va a poder si me paso la noche sin pegar ojo esperándole? El año pasado casi lo pillo, pero aprovechó unos segundos que me fui al aseo, para entrar, ¡Todavía se movían las cortinas cuando salí! ¡Ay, que ganas tengo de agarrarle por la bola del gorro!.

¡Ay, Tío! Por eso mismo no puedes pillarlo, él sabe que estás despierto y no sube, y cuando te duermes aunque sólo sea un poco es cuando entra sin que lo oigas, por eso y porque él también puede hacer que te entre sueño justo unos segundos que es cuando entra a dejarte los libros junto al árbol.

Pues hija, ¡vaya rollo! Me espera otra noche en vela para nada, pero si yo sólo quiero conocerle y hablar con él para decirle que no me deje más libros que yo lo que necesito es un disco duro externo porque tengo el del ordenador a punto de reventar con toda la memoria ocupada o alguna cosa milagrosa para adelgazar y teniendo en cuenta que el también está gordito lo comprenderá y en solidaridad conmigo tal vez me lo traiga o oye niña una loción para las canas que me salen blancas las patillas y parezco un mapache.

Eso Tío te lo puedes comprar en la droguería de nuestra amiga Antonia, y Papa Noel no está para escuchar los problemas de la gente, porque si se pone a escucharte a ti, tío, con lo que te enrollas quien os sorprendería a los dos será el amanecer, y Papa Noel esa noche tiene mucho trabajo llevándole regalos a los niños y a los mayores que creen en él y que miran a través de la ventana para ver si ven pasar el carro tirado por los renos o escuchan las campanas que hace sonar a su paso.

Al mirar los ojos de mi sobrinita cuando me dijo estas palabras creí que el cielo me mostraba dos ventanas celestes a través de ellos, y si Papa Noel me trae más libros, porque un poco cerrado si que es, los guardaré, si no me da tiempo a leerlos yo, para cuando ella sea mayor.

De todas formas, para tozudo yo, y este año voy a intentar sorprenderlo otra vez aunque me pase la noche sin dormir, si lo consigo prometo contároslo en el ECO DE JUMILLA.

¡¡Feliz Navidad a todos!!

Juan Castellanos Gómez

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La tía trapera

La tía trapera

Era una empresaria de aquellos tiempos en los que el ingenio y la creatividad eran capaces de hacer prodigios, sobre todo, los prodigios los hacían aquellos ancianos en unos tiempos en los que al parecer no existían las pensiones ni de la seguridad social ni ingresos de ninguna otra fuente.

¿Cómo sobrevivían los ancianos en aquellos tiempos? Pues los que tenían hijos cabía la posibilidad de que les dieran veinte duros al mes  cada hijo y mantenerse con eso, pero ¿y los que tenían uno o ninguno? ¿Qué recursos les quedaban? Ninguno tenía garantizada la subsistencia, pues los que tenían ocho o nueve hijos porque entonces se tenían muchos, la mayoría eran pobres y empezaban a decir, yo no puedo dar los mencionados veinte duros, yo tampoco, y al final no se los daba ninguno.

Los viejecitos trabajaban de pastores hasta que se morían, las viejecitas trabajaban de criadas, criaban gallinas, pollos  o conejos que luego vendían. Recuerdo a mi abuela con unas alpargatas viejas envueltas en el delantal y una azaeta. Al llegar a San Agustín se las cambiaba por las nuevas que había llevado hasta allí, y por las inmediaciones del “Prao” llenaba una saca de hierba para dar como comida a los conejos que criaba en el corral y luego vendía para comprar algo de “ropica” o hacer algún modesto “extra”, incluso comprar alguna papeleta de lotería, de la  que naturalmente jamás le toco premio alguno más allá del reintegro.

Al recordar lo de los alpargates me ha venido a la memoria aquel entrañable personaje jumillano que fue la tía trapera.

La conocíamos por la Tía Visitación, o la tía trapera, porque se dedicaba a recoger trapos y alpargates viejos, su reclamo comercial que ella misma emitía de viva voz era ¡Se compran trapos y alpargates viejos! Que para entonces ya se reciclaba, ó ¿Es que pensáis que esto del reciclaje se ha inventado ahora? Pues no, antaño también se hacía aunque no fuera para preservar el medio ambiente como lo hacemos hoy, que entonces el medio ambiente no estaba tan depauperado como ahora, que no todo iba a ser malo en aquella época.

Se servía la tía Visitación para llevar la mercancía de una chica, que en cierto modo la tenía empleada  ¡ay, no sé como decirlo para no ofender a nadie! Que no estaba bien del todo a nivel mental, y era la que cargaba con un saco donde se metían los trapos y alpargates que conseguían recaudar, la tía Visitación llevaba una cesta plana de mimbre, que a los niños de entonces  nos parecía inmensa, repleta de golosinas, chucherías y pequeños juguetes, que era lo que cambiaba por los trapos y alpargates viejos que le llevábamos y las madres no de muy buena gana accedían a desechar.

¡Cuantos alpargatazos (golpe dado con alpargate en determinado lugar del cuerpo, léase, el culete), nos costaba a algunos insistir a nuestras madres para que nos dieran algo para intercambiar con la tía trapera, y es que se aprovechaba todo, si una sábana se desechaba, se hacía una camisa para el marido, o unos pañuelos, o trapos para limpiar la mesa, entonces no existía tanto “Pret a porter” como hoy ni teníamos los multiprecios de los chinos instalados en las esquinas de nuestro pueblos.

Sin embargo, la tía trapera era todo corazón. Los niños la rodeábamos, su poder de convocatoria era enorme, tanto como su corazón, pues a veces regalaba chucherías a los niños, ¿lo hacía como regalo, o en plan promocional? Sea como fuere no pillábamos a menudo un chicle, ahora los hay de menta, fresa, anti caries, ¡como ha cambiado el tiempo!, pero sea como fuere, aquella generación aprendimos y fuimos testimonio de que se puede ser felices con tan poco o con algo tan sencillo como la ilusión que era capaz de crear entre los niños la tía Visitación con su cesta plana de mimbre en su recorrido de los domingos por la mañana desde el final del 4º Distrito, (actualmente pisos del MOPU) hasta la punta arriba de la calle de Lerma, donde ahora esta la fuente y un árbol.

Juan Castellanos Gómez

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Carta a un campesino jumillano por Juan Castellános Gómez

Carta a un campesino jumillano por Juan Castellános Gómez

Amigo y compañero: hace tiempo que siento necesidad de escribirte una carta a ti, jumillano como yo, hombre de campo, de tijera de podar y azadón, de paquete de celtas cortos y cartilla de trabajo eventual, cuidador de la tierra, jornalero. Eres uno de los pocos supervivientes de una casta destinada a extinguirse. A ti que has vivido la vida con la máxima austeridad y el más sencillo esquema existencial imaginable.

Como otros muchos tuviste antaño un carro y una mula, con la que ibas a arreglar el hortal, las tres mil cepas del «Término Arriba » que te tocaron de tu padre (fuiste un poco privilegiado, a otros no les tocó nada); el resto del tiempo lo dedicabas a echar la «peoná» donde te llamaban y así, «si alcanzo y no llego», con la ayuda de tu mujer conseguiste criar a tus hijos a base de innumerables sacrificios.

Nunca aprendiste a leer, mi buen amigo, mas, ¡no importa! ¡Se quedan tan pobres las palabras ante el lenguaje de los sentimientos! que muchas veces no dicen nada, y estoy seguro que ese lenguaje sí que lo entiendes. Lo demás no pasa de ser pura retórica.

Transcurrió tu infancia de pastor en los Cerrillares y la Cingla sin siquiera tener calcetines que ponerte y te envolvían los pies con trozos de manta. Así pasaron días y días con las «cabricas». Luego, ya de mozo, fuiste mulero -el oficio de moda en aquellos años pero el hecho de convivir con animales no impidió que los latidos de tu corazón fueran latidos de humanidad, pero una humanidad sepultada en la miseria y la marginación.

Luego te llamaron a filas y allí transcurrieron los más terribles años de tu vida, la derrota, el campo de concentración. Volviste con una bronquitis crónica que tardó varios años en curársete y el alma marcada por el horror y la lacra de una guerra absurda y fratricida.

Trabajaste en las tendidas del esparto algunas temporadas, fuiste a vendimiar a Francia varios años con tu mujer y te compraste el carro y la mula para arreglar «lo tuyo» en los días que no te avisaran para trabajar en otro sitio, viviendo así unos años felices a pesar de la dureza de las circunstancias; tu voluntad de hierro, tu corazón sencillo y la fidelidad y cariño de tu mujer fueron todo tu bagaje mientras veías crecer a tus dos hijos.

Te conocí hace poco tiempo, en estos tiempos duros que vivimos. Yo soy joven, de la edad de tu hijo, aunque, no por experiencia, sé que aquella época fue muy dura, pero ésta también lo es, llena de paro, tensión, de inseguridad, de angustia…

Las circunstancias me llevaron a trabajar (aunque no es ese mi oficio) al campo durante los meses de invierno. Así te conocí y además del cansancio y sudor, compartimos el cigarrillo y el trago de vino. Al principio me miraste con recelo, dada mi pinta de “pseudohippy”; pero cuando comprendiste que era solamente el aspecto exterior, y que me entregaba «a tope» en el trabajo, practicando la sana costumbre de la camaradería, me aceptaste sin reparos. De forma que hoy que ha pasado el tiempo me pregunto si he tenido otro amigo tan bueno como tú.

Recuerdo que algunas mañanas, cuando nos íbamos a coger oliva o a podar, cubrías las brasas con ceniza y tarde al volver a la casa, antes de regresar al pueblo, las destapabas con las tenazas y podías encender nuevamente el fuego sin necesidad de usar las cerillas o en cualquier caso damos un calentón. Recuerdo también las gachasmigas con oruga que hacías algunas mañanas y creo que nadie sabe hacerla tan bien corno tú. Ahora que pasados los meses vuelvo a ser hombre de asfalto, añoro muchas veces aquellas mañanas de escarcha en las que no podíamos «enganchamos» casi hasta mediodía y recuerdo tu charla repleta de filosofía popular y cargada de experiencia humana.

Me contabas lo dura que era la existencia en los años de postguerra, de estraperlo, pan de cebada y trabajo de sol a sol, secuestrando haces de esparto y escapando de la guardia civil como si hubierais sido delincuentes. Comentabas la sencillez de la vida de entonces y lo locos que estamos los jóvenes ahora que ni sabemos’ siquiera lo que queremos. Sin embargo, ahora te resultaba más difícil todavía vivir. Son otras cosas, me decías, como tener que vivir sin tu mujer que desde hacía tres años te había dejado y que se fue tan discretamente como había vivido, se quedó dormida una mañana de abril, después de barrer la calle y no despertó más.

No supo o no quiso el destino perdonarte y te hizo «la gran putada» a ti que siempre supiste perdonar a todos, incluso a aquellos que te robaron tus sueños entregándote a cambio un pedazo de pan duro y tasado.

¡Qué absurda idea sería pretender darte a ti lecciones de humanidades!

¿Qué más humanidad que la tuya cuando se anegan tus ojos de ternura al recibir tu mejilla curtida, la caricia suave de un beso de tus nietos al volver a casa cansado del trabajo.

Pero… tus manos rugosas vacías de lujuria y repletas de ternura ya no encuentran al llegar a casa el calor del cuerpo tibio de tu mujer, aunque su presencia impregne tu estado de ánimo corno una invisible flor.

Faltan sólo unos años para jubilarte, pero no era eso lo que te preocupaba, porque cuando acabas  la poda tal vez te cogerían para arreglar las calles en el empleo comunitario. Vives con tu hija y tu yerno. Los gritos de los críos y el jolgorio que forman habitualmente le da cierto sentido a tu existir, pero los niños se acuestan temprano.

Entonces tu hija y tu yerno se ponen a hablar de los problemas propios de los matrimonios y tú sientes que estorbas, viéndote en el dilema de irte a tu habitación demasiado temprano o salir hacia el bar más cercano a reunirte con tus amigos, hombres mayores en situaciones similares a la tuya.

Cada tarde, cuando vuelves del campo, las cuatro paredes de tu habitación se te han quedado grandes, convirtiéndose en un lugar hostil para ti, donde los recuerdos te hacen daño y tu analfabetismo no te permite la sana evasión de la lectura. El silencio, más que acogerte o cobijarte, te amenaza con su mutismo indiferentemente doloroso.

Ese silencio que te hiere y abruma es quizás quien te empuja y te echa a la calle en busca de diálogo, que tu hija, con el marido, los hijos y la máquina de hacer zapatos, no puede prestarte; y en el bar vas desgranando las horas fugaces de la trasnochada, con las hastiadoras e interminables partidas de dominó y los ya cotidianos  razonamientos propios del terreno subdesértico que vivimos ¿Lloverá o no lloverá? ¿Viene el aire de Arriba o de Levante? ¡Qué te

importa a ti que llueva o que no llueva en el fondo! Lo que tú necesitas es afecto, una mano en tu hombro, un apretón de manos, una palabra amiga. Pero los jumillanos somos fríos y duros, como esta tierra seca y tosca y como los hielos que caen en las noches de nuestro invierno, considerando por eso como blandenguería o afeminamiento una exteriorización afectiva de este tipo. “una mariconá”, más claramente dicho.

Tu orgullo no te deja reconocer ni siquiera ante ti mismo lo que te falta y te refugias en la charla insustancial, el carajillo, la máquina tragaperras o el bingo, formas equívocas de destruirte un poco más, hombre de piedra y lluvia, de hielo y sol, de rocío y escarcha.

¡Cuánta ternura late en tu corazón! Ternura sepultada a golpes de azadón, segada de tu cara como con el tajo de una hoz.

Cuando insensibles suenen los vientos sobre tus sienes, recordándote que ya son de otoño, quiero que sepas que aún hay’ quien te quiere y admira, te comprende y valora.

Cordialmente te tiende su mano de amigo y compañero y hoy te escribió estas líneas para paliar sus ansias de poeta frustrado.

Un abrazo

Juan Castellános Gómez

 

Foto: ayerjumilla.blogspot.com

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Carta a una mujer jumillana

Carta a una mujer jumillana

A esa rosa de otoño

que es la mujer sencilla

al final del camino

tan dignamente andado.

A esa mujer de sienes blancas y corazón grande, grande…inmenso… de manos encallecidas y duras maltratadas por el agua del fregoteo diario. A esa mujer que se lo merece todo: respeto, cariño, admiración, ternura… y que no tiene más que una exigua pensión, -que la mayoría de las veces ni siquiera gasta en si misma- pues al quedarse viuda perdió voluntariamente la autonomía del hogar conyugal.

“Por esta razón vives desde entonces con tus hijos y te sientes a gusto siempre rodeada de tus nietos. El cumpleaños del pequeño, el santo de la mayor, la feria que ya se aproxima son para ti excusas muy válidas para tirar la casa por la ventana y derrochar tus sentimientos porque de otra cosas poco puedes derrochar. Con tu hija casas que pesa ochenta y cuatro kilos y no puede hacer dieta y cuatro niños a cuestas y el zascandil de tu yerno en el paro desde hace dos años, es fácil comprender que comprarle “cósicas” a tus nietecitos se haya convertido en tu mayor aliciente existencial.

Mujer ajada, de la tercera edad que con tu capa negra de estambre grueso jamás faltas a un entierro, si obras con reciprocidad tus paisanos, cuando tú “te vayas a emprender el último viaje” la iglesia se llenará de personas que acudirán para acompañarte, es decir “que tienes garantizado el lleno”.

Desde que murió tu marido, aquel mequetrefe machista que daba un “testerazo” en la mesa y te mandaba callar y daba dos voces y todo el mundo “se cuadraba”, aunque echándole de menos porque en el fondo era todo un hombre, ahora estás más suelta, eres un poco más libre al no tener que estar sujeta todas las horas de tu vida a su rigurosa supervisión, puedes permanecer más tiempo en los velatorios, apoyada en la escoba charlar con las vecinas de vuestras cosas o gastarte la poca vista que te queda en la leonina labor de confeccionar con tus propias manos a la luz del flexo, una colcha de ganchillo para una cama de matrimonio que piensas regalar a tu nieta la mayor cuando se case.

Si pudiera dándote un beso den la frente decirte: ¿No comprendes cabezota que el brillo de tus ojos vale más que todas las colchas de ganchillo del mundo? Y de que de seguir así terminarás quedándote ciega o en el mejor de los casos acabarás agotada. Aunque pensándolo bien quizás sea una estupidez por mi parte no acertar a comprender que ese es tu modo de dejar a los demás lo mejor de ti misma, tu “Quijote de punto de gancho” para la posteridad. En mi ánimo se suscita esa duda, gracias al cielo que esa colcha no va destinada a mí, me intimidaría la responsabilidad de recibir como regalo el fruto de una labor tan grandiosa.

Cada año, cuando llega el día de Todos los Santos se repite el mismo ritual: las mariposas, las flores para tu marido y la preocupación de que no se apaguen las lucecitas de la urna, ¡Cinco años hace ya que murió! Tu único amor. Siempre fuiste con él fiel y abnegada, dulce compañera que siempre encontró en ti, sintiéndote compensada de su mal genio con ese poco de ternura que también te supo dar.

Por eso estar viva hoy a ti te parece un delito que inconscientemente pretendes espiar matándote a trabajar para tus hijos y nietos, dándoselo todo: tus horas, tu cariño, tu pensión, hasta en sueños les recuerdas y nombras.

Son parte de tu cotidiano vivir las madrugadas para ir a pedir número al Ambulatorio, -Centro Médico le llaman ahora- Cuando no le duele la garganta al pequeñito, tiene un poco de fiebre “la zagala”, y de que no es tu nuera, es tu hija la que anda muy ahogada de tiempo y precisa tu ayuda, tiene los niños, la casa, debe preparar el bolso del marido para irse a trabajar al campo al día siguiente, y mientras tanto ir dándole “estirones” a esas botas que traen para coser de Novelda, a veces te toca ir a la carnicería o a la plaza ¡Cuánto cuidado pones en que te den bien las vueltas! A veces te comportas con un poco de ingenua necedad antes de decidirte a comprar esto o lo otro, asegurándote bien de que compras lo más conveniente.

Y sin embargo, nunca te quejas. Eres siempre el inconmovible bastión familiar en el que todos se apoyan y ninguno valora en su justa medida, la que nunca lleva razón y siempre deberá callar, cómplice de los críos para comparar clandestinamente algún helado o pasarles a escondidas ese trozo prohibido de chocolate. ¡Con cuanta mansedumbre encajas el habitual reproche! ¡Madre, es usted la peor! Y todo por el mero hecho de compincharte con los niños para realizar cualquier travesura infantil ¿Quién te entiende mejor que ellos? ¡¡ Ya-ya!! ¡¡Ya-ya!!  ¡¡Qué vacías están las casas donde no tienen una ya-ya!!

Entrañable personaje familiar que haces un hogar mucho más acogedor con tu apacible presencia, y ¡¡Cuanta utilidad presta tu esfuerzo casi nunca suficientemente reconocido!!

Cuando pasa el panadero y sales a comprar el pan, recuerdas aquellos tiempos que vivíais en el campo y como eras tú la encargada de dar de comer a los jornaleros, amasabas tú solita un saco entero de harina, ¡¡ y qué pan más bueno te salía!!

Recuerdas con cariño y añoranza aquella época difícil  de tu vida, a pesar del duro trabajo y las muchas dificultades, ¡¡Era una tan joven!! Es la frase con la que explicas y resumes toda una filosofía de la que sacabas la fuerza de voluntad tan necesaria entonces para sobrevivir.

Las gavilla de sarmientos detrás de la casa, las gallinas picoteando los sembrados, el duro trabajo, las enormes “gachasmigas” humeando en el frescor de la mañana como una humeante promesa de energía, los tomates verdosos encima de la tabla, regados con el agua del pozo, el candil con poco aceite y sin carbón para poner en la plancha de hierro, tenías que sustituirlo por pedacitos pequeños de leña, soplando y tomando un acaloro cada vez que tenías la necesidad de planchar algo, y así con todas tus tareas domésticas.

Para criar a tus hijos tuviste que soportar privaciones y sacrificios sin cuento, bajaste andando al pueblo muchas veces y después montada sobre una burra seca –porque el pobre animal no se hartaba de cebada-  y asustadiza soportando los fríos y la escarcha.

Hiciste del sometimiento y marginación en que vivías un sentido del deber cumplido que llevas en la frente en forma de arrugas y que son los estigmas que caracterizan a las gentes de bien que como tú, hacen de la honestidad su bandera.

Hoy que las cosas han cambiado algo y se vive un poco mejor, sigues dándote a los tuyos por entero, viviendo y solucionando sus problemas en la medida que puedes. Ni siquiera eres capaz de comerte tu sola un yogurt sin compartirlo con alguno de tus nietos, porque si no lo haces así, no te luce.

Mujer vestida habitualmente de negro, pero de corazón blanco como un paisaje nevado o una postal de Navidad, mujer hecha de amor, mujer con mayúsculas, mujer simplemente.

Estoy orgulloso de ti, de que hayamos sido paisanos, tal vez seas para mí, algo más de lo que nos imaginamos los dos, porque te llevo metida en mi alma como un emblema o un símbolo y tu imagen representa para mí “la esencia de mi gente” que Dios sabe que es en este mundo aquello que más quiero.

¡¡Qué bien te definió la cantautora navarra María Ostíz, con las palabras de una de sus hermosas canciones!! mejor incluso que yo mismo.

“”Campesina de mi tierra

Mujer para ser pintada

Con el pañuelito al cuello

Con el nudo en la garganta”

Juan Castellanos Gómez

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Pintar el Arco Iris

Pintar el Arco Iris

Llegó cansado y desilusionado de todo, harto de dar tumbos a aquel pueblecito blanco de una isla balear, llegó queriendo rehacer su vida y buscando trabajo, cosa rara en aquellos tiempos ¡Lo encontró! como pinche de cocina en un sencillo hotel de dos estrellas. Sus veinticuatro años, su sinceridad y sencillez, la transparencia de sus ojos claros de niño grande y sus ganas de vivir, de integrarse a una sociedad que hasta entonces le había sido hostil, constituían todo su bagaje.

Cualquiera que le mirase a los ojos, a aquellos ojos claros de color gris suave, podía ver en ellos un matiz de ingenuidad y se preveía mirándolos que tenía toda una vida por delante, si bien es cierto que Carlos, pues así se llamaba este muchacho tenía todo un pasado a sus espaldas, un oscuro pasado ya vivido.

Atrás quedaban sus años de estudiante fracasado -¿Por culpa de quién? –dos amores frustrados, un padre que había fallecido y seis meses ingresado en una clínica psiquiátrica. Había roto con todo. Había dejado su ciudad y su entorno  y se había ido lejos, a buscar el mar, cuya contemplación da sosiego, tranquiliza, relaja…

La vida de este chico pasó por un periodo de equilibrio al que el destino había maltratado tan prematuramente al entrar en contacto con una sociedad más tolerante, una empresa correcta que no especulaba con el sueldo de sus trabajadores y un entorno de personas sencillas, abiertas y nobles. Todas estas circunstancias positivas habían obrado como un bálsamo en su antes azarosa existencia.

Con el dinero que ganaba podía hacer frente a sus gastos que tampoco eran muy cuantiosos y había descubierto esa maravillosa sensación que proporciona saber que uno se basta a si mismo para hacer frente a sus necesidades materiales sin ayuda de nadie. Con su modesto trabajo de pinche de cocina se sentía realizado. Había dejado hacía tiempo la posibilidad de encontrar un trabajo acorde con esa formación, pues consideraba que tenía medio olvidados los conocimientos que había adquirido con unos estudios que en cierto modo le habían sido impuestos.

Tenía aptitudes innatas para las cosas artísticas y conoció a Geraldo, un veterano pintor de estilo impresionista y que había adquirido una categoría internacional, pues habían sido muchos los países en los que había celebrado exposiciones obteniendo un gran éxito, tanto en Europa como en América, principalmente en Alemania y Canadá. Era un hombre mayor, de 68 años, que no tenía familia, lleno de rarezas y con el mal genio que casi siempre caracteriza a todos aquellos a los que otorga la Naturaleza, el don de rallar en la genialidad.

Pese a todo se hicieron buenos amigos Geraldo y Carlos, veían en cierta forma uno en otro, al padre y al hijo que ambos no tenían, consiguiendo tal vez paliar en cierta medida el vacío que cada uno de ellos llevaba muy dentro.

Accedió Geraldo –no con pocos recelos al principio- a dar clases de dibujo y pintura a Carlos, que si bien mostraba unas cualidades para las artes plásticas fuera de lo común, tenía en cambio megalomanía (delirios de grandeza) y los progresos que hacía, que si bien eran realmente notables, los realzaba más todavía con comparaciones metafóricas, pues cuando daba los últimos toques a alguno de sus trabajos afirmaba satisfactoriamente que al dar aquellas últimas pinceladas al papel, era como si este hubiera lanzado un mudo grito de aprobación estimulándole a seguir adelante. Y para colmo afirmó que una noche había soñado que se iba con los ángeles a pintar el arco iris, después haber diseñado los colores de las alas de las mariposas, las plumas de los gorriones y las escamas de los peces que alegran con sus vivos colores la vida de las profundidades marinas.

Esta fue la gota que colmó el vaso, llenando de indignación al maestro, que le regañó y le llamó presuntuoso, diciéndole que la vanidad era un defecto que un artista nunca debería tener, siendo los demás los únicos indicados para valorar o criticar la obra de un pintor, pero nunca uno mismo debería alabarse a si mismo si no quería convertirse en un pedante.

Tanto Carlos como su maestro Geraldo procedían de diferentes partes de aquel vasto país al que pertenecían, lo cual hacía que sus mentalidades fueran algo divergentes. Geraldo por su parte atravesaba frecuentes e intensas crisis depresivas que eran agravadas porque no estaba comiendo lo suficiente pues padecía una aguda psicosis de adelgazar y como era una persona de carácter fuerte había muchos momentos en los que era poco menos que imposible soportarle.

Carlos, por su parte, vivía sumergido en sus sueños de fama y notoriedad a los que habrían de llevarle sus estudios de dibujo y pintura, consecuencia lógica de su esfuerzo y trabajo, pensaba él.

Cuando el viejo pintor se sentía enfermo, Carlos  llamaba al médico y le traía la comida de algún snak-bar cercano que consistía en un bistec de ternera a la plancha con poca sal y algo de ensalada, otras veces medio pollo con patatas. Cuando su trabajo se lo permitía iba a ver como se encontraba su amigo y si podía serle útil de alguna manera.

En una ocasión en que Geraldo permaneció varios meses ingresado, Carlos iba a verle a diario y a llevarle los periódicos.

Pero en cuanto el maestro se restablecía y regresaba a su apartamento-estudio y compartían las dos horas de clase, la tregua cesaba y volvían nuevamente a sus habituales discordias.

En una ocasión la rencilla fue ocasionada porque Carlos se negó a aprender la forma en que se hacía el color negro a partir de otros colores, alegando ¿Para qué aprender a hacer el color negro si ya lo venden fabricado en tubos.

El furor de Geraldo no tuvo límites aquel día, repitiendo como cada vez que se enfadaba que se iba a morir enseguida y que se le daba igual todo porque para él la vida ya se acababa, que era ley de vida que los viejos muriesen y que a esta fuerza o ley natural, despiadada e implacable no había quien la parase y que no sería él quien lo intentara.

Sin embargo….. Existen dolorosas excepciones y el destino caprichoso e inmisericorde elige sus victimas de manera arbitraria.

Una mañana de otoño el cuerpo de Carlos apareció en la playa, hinchado como un odre, ¡sin vida! Su alma había volado ¿al cielo?

Ya estará sin duda, pintando con los ángeles los colores del arco iris, diseñando alas de mariposas y matices de atardeceres, escamas de peces y nuevas auroras, -pensó Geraldo, el viejo maestro, con los ojos anegados de lágrimas- cuando se quedó tan solo, sin la compañía de aquel muchacho que le hacía de rabiar y tenía ojos claros y transparentes de niño grandote.

Juan Castellanos.

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El rincon del Poeta: Está la Virgen dormida

El rincon del Poeta: Está la Virgen dormida

ESTA LA VIRGEN DORMIDA

 

Han construido una rotonda

que rodea San Agustín

donde se encuentra la virgen

postrada en su camarín.

Hay que pasar por allí

para acceder a Jumilla

y también para salir.

Pero un ruego quiero haceros

cuando paséis por la ermita

rodeadla lentamente

no aceleréis el motor.

Tomad la curva despacio

no haced ruido, por favor

que está la virgen dormida

como una azucena en flor.

 

Juan Castellanos Gómez

Virgen de la Asunción

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El poeta Juan Castellanos publicará en breve su primera novela

El poeta Juan Castellanos publicará en breve su primera novela

El poeta jumillano Juan Castellanos ha firmado un contrato con la editorial PÉREZ- AYALA de Madrid para la publicación de su primera novela “El pájaro de las alas de cartón” que ya está en imprenta y verá muy pronto la luz.

Juan Castellanos

En esta su faceta de novelista, Juan nos muestra su primera novela, para no quedar encasillado solamente como poeta, Pues Castellanos ha cultivado todos los géneros literarios, excepto el ensayo. Ya os informaremos sobre cuando y donde se presenta este libro, Juan es colaborador de EL ECO DE JUMILLA, medio en el que ha publicado varios de sus relatos cortos y lo seguirá haciendo, hasta es posible que le publiquemos algún capitulo suelto de esta novela para que la vayáis conociendo, y os informaremos cuando sale exactamente.

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El cacique de la isla colorada

El cacique de la isla colorada

 

La isla colorada era un maravilloso pedazo de tierra enclavada en un remoto rincón del Mediterráneo que emergía de las aguas azules y transparentes como por un extraño capricho de la Naturaleza.

Gran cantidad de árboles frutales de las más variadas especies y toda clase de plantas y flores crecían en su fértil y roja tierra gracias a la benignidad de su clima y a la laboriosidad de sus pacíficos habitantes. Además su situación geográfica la colocaba en un lugar privilegiado para el comercio, las comunicaciones y el turismo, estando sus calas coronadas de magníficos emplazamientos hoteleros donde acudían a su cita anual gentes de los más insólitos y variados rincones del globo, buscando la suavidad del clima y la claridad de la luz que la isla colorada poseía.

Sus gentes eran pacificas y hospitalarias como lo habían sido tradicionalmente a través de los siglos, pues todo el que llegaba a la isla con intenciones sanas y el corazón abierto era bien acogido y siempre encontraba una puerta abierta y una mano que le tendiera un pedazo de pan, un vaso de agua o simplemente que le indicara el camino a seguir si se encontraba con una encrucijada.

Pero igual que toda moneda tiene su reverso, el progreso aparte de haber llevado a la isa un bienestar económico y material, había ido deformando la imagen primitiva del lugar y degradando un poco su entorno poniendo en peligro su sistema ecológico.

Vivía en la isla, pues de allí era natural un personaje muy importante desde el punto de vista social y económico que había influido decisivamente en la situación de la isla colorada ya que era el dueño o socio de la mayor parte de las industrias, bancos, comercios e inmobiliarias, además, dando pruebas de inteligencia, constancia y aptitudes políticas había conseguido hacerse un nombre en este campo y como era merecedor de la confianza y apoyo de sus paisanos, había llegado a ocupar el puesto de senador, defendiendo con acierto las reivindicaciones y derechos del archipiélago que formaba la isla colorada con las otras islitas de los alrededores.

A pesar de encontrarnos en pleno siglo veintiuno y el feudalismo o latifundio haber desparecido o enmascarado bajo las más inusitadas formas, Andrés que así se llamaba este magnate de los negocios que tan afortunadamente sabía llevar, su vida era de lo más parecida a un señor de la época feudal, del Medioevo, aunque se hallaba rodeado de los más sofisticados y modernos adelantos técnicos, DVD, equipo de sonido estereofónico, aire acondicionado y una bellísima secretaria que discreta y eficientemente le servía una taza de café en el momento que la necesitaba sin tener que pedírsela, pues ella parecía adivinar sus deseos hasta el punto de ser incluso la redactora de muchas de las cartas en las que se decidían asuntos importantes.

Rodeado de una legión de personas instruidas adecuadamente, era atendido y agasajado por todos en medio de todo aquel mundo de eficiencia y confort: secretarios, pasantes, administrativos, chóferes, etc. Y nadie osaba contradecirle nunca. Pasaba el día resolviendo asuntos importantes y tomando trascendentales decisiones. Bastaba su firma para que cien obreros se quedasen sin trabajo, o por el contrario se creasen otros cien nuevos puestos de trabajo.

Era el clásico personaje tan discutido que si bien para algunos habitantes de la isla colorada había sido como un padre porque había creado muchos empleos, dándoles de este modo a ganar “mucho pan”, para otros en cambio, era el típico cacique explotador de la clase obrera que se había enriquecido y encumbrado a costa del sudor ajeno. Opiniones acerca de Andrés las había de las más variadas y de acuerdo con todo tipo de mentalidades, pero la duda como la mayoría de las veces en la vida se quedaba flotando en el aire…

Sin embargo, una cosa era evidente y es que se necesitaba una gran dosis de energía, voluntad y dedicación para controlar y dirigir toda la vorágine de asuntos y negocios que estaban a su cargo y tan enorme cantidad de líos burocráticos como solía tener siempre pendientes, era como una inmensa rueda que giraba interminablemente sin terminar de cerrar el ciclo, causándole gran fatiga y dejándole poco menos que exhausto y al borde del estrés.

Aquella tarde Andrés se dirigía a la suntuosa y confortable mansión que le servía de morada, prácticamente extenuado, había apoyado la cabeza cerca de la ventanilla y contemplaba desde la carretera que ascendía zigzagueante las calas recortadas y salpicadas de espuma por las olas que se estrellaban furiosamente contra las rocas mientras que los pinos mostraban su exuberante frescor a consecuencia de las lluvias que habían caído sobre la isla los días anteriores.

Estaba agotado física y mentalmente, pero se sentía muy satisfecho porque gracias a su laboriosidad e ingenio había creado aquel inmenso imperio financiero del que ahora se enorgullecía merecidamente, con hombres como él, otra cosa sería del país. A consecuencia de la crisis en el mundo, el futuro no se presentaba muy halagüeño, por eso no podía concederse ni un minuto de reposo y tenía que seguir trabajando, calculando, dirigiendo, había que luchar y luchar mucho.

Así transcurría su vida, hasta que un día…

Se levantó de la cama que encontró vacía, su esposa solía madrugar para salir a ver el amanecer o pasear por el jardín pues le encantaba hacerlo cuando aún estaban las plantas empapadas de rocío, por eso no le extrañó en absoluto hallarse solo, se puso la bata, se calzó las zapatillas y se dirigió al salón.

El fuego estaba ya encendido en la chimenea y los cristales empañados a consecuencia del calorcillo que se desprendía de los humeantes troncos, por el exterior resbalaban unas gotitas de agua a consecuencia de la escarcha y la brisa marina, se veía balancearse suavemente las altas copas de los pinos a través del ventanal.

Sobre la mesa estaba ya preparado el café, impregnando agradablemente la estancia con su aroma, todo estaba dispuesto y se sentó a la mesa, allí estaban las tostadas, el zumo, la mantequilla, la mermelada, sin embargo, la doncella había olvidado algo ¡el azúcar!

¡Paca, Paca, por favor!, la llamó con su voz bien timbrada de hombre equilibrado y seguro de si mismo.

Pero solo el silencio respondió: ¡Qué raro! Se dijo, se levantó y con pasos lentos y firmes, se dirigió a la cocina, pero allí no había nadie.

Llamó a su mujer ¡Isabel! ¡Isabel! Y le respondió el mismo silencio de antes, un silencio sepulcral, pesado, ¡inquietante!

Registró toda la casa y no encontró a nadie ¿Dónde se habían ido?; Los coches estaban en el garaje y no se veía ni rastro del chófer ni del jardinero. Los perros dormitaban como si no sucediera nada y aquel hombre firme, inconmovible, imperturbable sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Cogió su impecable Mercedes blanco y decidió dirigirse al pueblo.

Por el camino no se cruzó con nadie, lo que aumentó considerablemente su inquietud.

Al llegar al pueblo su asombro fue indescriptible, hacía ya varias horas que había amanecido y no se veía a nadie. Los coches en las aceras permanecían alineados, perfectamente aparcados, pero ni uno solo circulaba. Las barcas se balanceaban sobre las aguas del puerto casi imperceptiblemente pues no soplaba el viento, ni un solo ser humano se veía por la calle, paró el coche en mitad del asfalto y gritó ¡Hola! ¿No hay nadie aquí?

Solo respondió el silencio, aquel silencio indiferente y amenazador. Andrés estaba muy inquieto y empezó a correr por las calles vacías en busca de alguien para preguntarle que era lo que estaba pasando, su mirada se iluminó, se oía una música no muy lejana que le pareció lo más agradable que había escuchado en su vida, pero cuando llegó al local de donde procedía la melodía lo encontró tan deshabitado como todos los lugares en los que inútilmente había buscado una presencia humana.

¡No pueden haberse esfumado todos! –pensó con desesperación- pero parecía que había sido así y su angustia iba en aumento a medida que su búsqueda iba resultando infructuosa. Al final de una estrecha callejuela le pareció distinguir una silueta humana, ¡Era en efecto, un ser humano! Le llamó: ¡Oiga, por favor, espere! Sin embargo, la figura despareció…

Andrés corrió y corrió todo lo que pudo, pero fue en vano, se apoyó exhausto sobre la parte delantera de un coche, tenía la frente empapada de sudor y sus pulsos temblaban ¿Dónde estaban los demás? ¿Dónde se habían ido?

Entonces comprendió que sin los otros, él no era nada, y ya no tenía sentido su existencia porque eran precisamente los otros quienes se la daban, simplemente existiendo. Se había hecho a si mismo en tan pequeña y tan mísera parte, tan mínimamente, que ahora al verse solo y reconocerlo, no pudo evitarlo y lloró, su masculino pecho se estremeció compulsivamente en unos incipientes sollozos.

Una dulce voz de agradable timbre femenino, la de su esposa, le sacó de tan angustioso trance, ¡Andrés, cariño! ¿No vas a levantarte hoy? Es tarde y hace un sol espléndido. Andrés abrió los ojos, se pasó la mano por la frente todavía empapada de sudor y suspiró con enorme alivio.

¡Sólo había sido un sueño!

Juan Castellanos Gómez.

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“El Solar vacio”

“El Solar vacio”

Dedicado a la asociación “Cuatro Patas”

Hace escasos minutos que hemos estrenado el primer día de septiembre, largo tiempo anhelado a lo largo de un caluroso e interminable agosto en el que casi nos asfixiamos con un calor húmedo y sofocante.

De este modo vivimos engañándonos a nosotros mismos esperando que en nuestra existencia se produzcan acontecimientos gratos o circunstancias felices que nos ayuden a soportar la carga en que se convierte a veces nuestra vida.

Enfrente del hotel donde trabajo como conserje de noche hay un solar. A escasos metros detrás de unos cañaverales está la playa. Cuando hay silencio puedo escuchar el bramido de las olas que como cualquier sonido originado por la naturaleza resulta sugerente y tranquilizador, especialmente para un alma estresada y entristecida como era la mía en aquel entonces, hace ya cuatro meses, el hotel estaba recién abierto e iniciábamos la temporada turística como cada verano, con un turismo en crisis, tenía para añadir a las ansiedades e incertidumbres que compartíamos todos los trabajadores del sector, las mías propias. Una persona en mis circunstancias con una edad no demasiado temprana para la que el amor nunca llegó con la fuerza suficiente para arraigarse en mi vida y echar raíces se pasaba las primeras noches de verano buscando sentido a las cosas, les buscaba significados y matices que me fuesen válidos para seguir viviendo sin tener que recurrir a la bebida, las pastillas para dormir y los cigarrillos que encendidos ininterrumpidamente, uno detrás de otro formaban parte de una interminable y humeante cadena que me resecaba la garganta y envenenaba los pulmones. Desgranaba las horas intentando leer, pero las páginas de los periódicos no ofrecían un panorama muy alentador que digamos, y no había hallado ese libro que a veces encontramos y nos ofrece ratos de evasión con la lectura de sus páginas.

Una de aquellas noches largas y aburridas, observé con asombro que en una pequeña senda que atravesaba el solar, enfrente del cual estaba situado el hotel y que lo separaba de la playa, se habían acostado tres perros, dos de los cuales parecían dormir, mientras el otro velaba. Dos de ellos eran de color marrón claro, más bien grandote, de ninguna raza definida, eran como una mezcla de perros lobos  o pastores alemanes, el tercero era negro con manchas blancas y las orejas caídas y unos ojos enormes y expresivos.

Se habían instalado descaradamente en medio de la mencionada senda por la que a aquellas horas no pasaba nadie, allí se acostaban y parecían turnarse velando uno el sueño de los otros, lo que me llamó especialmente la atención. Un compañero mío, conserje de noche como yo que trabajaba en unos apartamentos cercanos me explicó que todos los animales actuaban guiados por su instinto, que a parcelaban una determinada zona y acudían allí a dormir considerándose en su territorio, pero como tenían instinto de manada preferían las zonas donde hubiese algún movimiento a aquellos lugares donde el silencio y la obscuridad fuesen profundos e impenetrables aunque estos últimos ofreciesen para ellos una mayor seguridad.

Así acudían al solar noche tras noche, fieles a su cita, y tal vez porque los humanos poseamos también ese mismo espíritu de manda, me sentía yo reconfortado y acompañado. Admiraba la camaradería de aquellos tres perros vagabundos, envidiando un poco su compañerismo y amistad. ¿En qué extraños mecanismos ancestrales e instintivos se basaba su comportamiento?, comportamiento que yo encontraba tan bello.

Cuando alguien se encaminaba por aquella senda que conducía a la playa le obligaban a desviarse unos metros, protestando por haber perturbado su descanso, y cosa curiosa, cuando algún otro perro, vagabundo como ellos intentaba incorporarse al grupo, le rechazaban ladrando enérgicamente, o así lo interpretaba yo, y el pobre animal ante la bronca que le echaban, se marchaba con el rabo entre las piernas y la decepción instalándose entre las neuronas de su perruno cerebro. Era como si le dijeran ¡Ya somos bastantes! ¡¡Sólo nos faltaba otra boca que mantener!! Y así seguían, noche tras noche, pernoctando en el solar desde poco después de la medianoche hasta el amanecer, cuando los chillidos de las gaviotas y los rayos de luz del Padre Sol les obligaban a abandonar sus improvisados lechos de arena tibia.

Siguió transcurriendo aquel cálido verano de 91.

Contábamos ya los días que nos separaban del anhelado y refrescante otoño, combatiendo sus rigores a base de gaseosa, cubitos de hielo, polvos de talco, dolores de garganta y ráfagas de aire de ventilador que al rato de empezar a girar ya no ventilaba ni refrescaba nada, tan grande era el bochorno circundante.

Una mañana –la última de agosto-, en una playa cercana a Cala Graçio, descubrí con asombro que la manada había aumentado, uno de los tres perros, dos marrones y uno negro,-el negro era una hembra y había parido tres perritos-. Los estaba lamiendo amorosamente, el precioso espectáculo de la vida que se renueva una vez más. Era el milagro de la maternidad, tan bello bajo cualquier manifestación se hizo presente una vez más, entre las sabinas, debajo de las ramas de los pinos de la torrentera y sobre las arenas calientes y suaves de Cala Graçió.

Se habían refugiado en una cueva y mientras mama-perra cuidaba de los perritos, los otros dos –más delgados que nunca- deambulaban a primeras horas de la noche buscando en las basuras algún desperdicio que llevarse al diente o transportar con cuidadosos esmero hasta donde se encontraba la perra cuidando de la prole. Incluso una noche descubrí un cachorro correteando por el solar que me lleno de ternura y angustia: ternura porque me la inspiró al contemplarlo, angustia porque presentí mientras me deleitaba mirando sus pasitos y retozos el que sería el final, aún tratándose de una criatura tan inocente como indefensa.

El maldito lugar al que se iban durante el día fue su error: A veinte o treinta metros estaba ubicado un chiringuito de esos que sirven hamburguesas y bebidas a los turistas que acuden a la playa para broncearse.

Los pobres perros tal vez se instalaron cerca de allí porque los veraneantes les daban algo de comer o ¿Quién sabe?-

Pero, los dueños del Quiosco –vigilantes fieles de sus intereses- denunciaron el caso al Ayuntamiento que envió inmediatamente al veterinario y al perrero, los cuales decretaron inmediatamente su sacrificio ¡Qué ironía, encima llamarlo así! Para mí no era otra cosa que un asesinato, un crimen premeditado y sistemático al amparo de una sociedad que mediante sus leyes elimina aquello que le es molesto o es capaz de perturbar aunque sea mínimamente su orden legalmente establecido.

¿Qué daño hizo esta familia de perros? Su único delito fue vivir, como el de tantos seres humanos como vienen a este mundo careciendo de derechos y poder, porque otros humanos de los que sólo tienen el nombre o apariencia no se los reconocen.

Si esta desdichada familia de perros se hubiera instalado 500 metros en el interior del bosque, esto no hubiera sucedido, pero ahora ya es tarde para lamentarse- pienso, mientras sigo encendiendo un cigarrillo detrás de otro- El cenicero lleno, debo tirarlo. Intento sumergirme en la lectura de los diarios, ¡Todo inútil! Un grupo de demócratas desaíra inmerecidamente a Gorbachov. Las repúblicas bálticas han declarado su independencia y Croacia declarará la guerra a Serbia, y el último golpe de la ertzaintza contra ETA.

Pasiones y desacuerdos políticos entre los humanos. No hay un titular que diga: FAMILIA DE PERROS MASACRADA, sonaría ridículo, a nadie le importa ni interesa. Sólo cuando son cachorros hacen gracia y gusta jugar con ellos. En los escaparates de las tiendas de suvenires se exhiben fabricados en peluche de todos los tamaños y colores, sólo les falta tener vida, a los que la tienen inexplicablemente se les quita. Tienen pulgas, ladran, ensucian, molestan y es preciso exterminarlos, son antihigiénicos, perros asilvestrados portadores de parásitos y de mil y una infecciones, pero ¿De qué infecciones somos portadores los humanos? ¿Qué extraños vicios nos corroen y engendran vanidad, ambición, ansias insaciables de lucro y poder? ¿Quiénes son responsables de tanta guerra, holocausto y genocidio sin que nadie mueva un solo dedo para pararlos?

Si alguien no humano pudiera confeccionar una lista con todos nuestros defectos e imperfecciones, la relación sería interminable.

Somos criaturas veleidosas y volubles que con la fuerza como única razón pretendemos poner el universo a nuestros pies, pero mientras que no nos llegue la hora de rendir cuentas y responsabilidades por tanto exceso…. Aquí sigo sentado mirando intrascendente por las amplias puertas de la recepción del hotel donde trabajo, fumando cigarrillo tras cigarrillo, consumiendo de este modo mi dolor y mi tedio, y las interminables horas que me separan del amanecer, siento que la soledad me atraviesa como si fuera la hoja de un afilado cuchillo, mientras los nacarinos rayos de la luna en cuarto menguante se filtran a través de las ingrávidas hojas de las cañas –que flotan en el viento como banderitas de nacionalidades inexistentes- iluminado la arena y los matojos del solar vacío, donde ya, ni esta noche ni las sucesivas vendrán los tres perros a dormir.

Juan Castellanos Gómez

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La señora Fina

La señora Fina

Cuando la recuerdo, me parece verla andar con su pasito menudo y decidido caminando por las anchas aceras del Paseo de la Asunción. Era una mujer jubilada, perteneciente a ese grupo de personas que ahora se llama tercera edad. Aunque había nacido en el pueblo, había pasado toda su juventud y madurez en Barcelona, donde marchó muy joven para trabajar en una fábrica de tejidos. Después estuvo de artista; corren rumores de que fue mujer de “vida alegre”, pero lo único cierto es que había vuelto “para morir donde había nacido”, por ese ancestral instinto que todos llevamos dentro, y que no deja de manifestarse desde lo más profundo de nosotros. Es unas veces un aletazo suave de nostalgia; es otras una ansiedad y añoranza irresistibles, pero en verdad es un sentimiento del cual no podemos liberarnos totalmente desde el día que partimos de “la patria chica” anhelando siempre volver a ella, al menos para morir en paz o encontrar un poco de compañía y consuelo en esta difícil etapa de la vida que es la vejez, cuando más se necesita un poco de cariño, de ese cariño que a veces no se encuentra.

Vivía la señora Fina en la planta baja de un moderno edificio de tres plantas. Se pasaba el tiempo bordando detrás de los visillos de su ventana y no había transeúnte que escapase a su mirada curiosa, pues siempre que escuchaba pisadas sobre los adoquines, apartaba tímidamente el visillo ¿A quién esperaba? ¿Tal vez esa visita que nunca recibió? Su mejor amiga era una vieja radio que siempre tenía puesta.

Era evidente que había sido artista alguna vez. Recuerdo que la conocí en el banquete de una boda, durante el baile. Estaba bailando con un chiquillo y marcaba los pasos del baile entonces de moda, “la yenka”, con una precisión y destreza inigualables que solo eran propios de una persona que hubiera tenido por profesión este tipo de cosas.

A pesar de la indiferencia de sus vecinas –en las que no hallaba ni un asomo de simpatía, ni una pizca de correspondencia-, la señora Fina vivía desentendida y feliz agarrándose a lo poco que la vida le daba: cuidando los geranios de la galería, escuchando su radio a todas horas, barriendo la acera y rociándola con agua fresca. En verano, cuando estaban las ventanas abiertas y bajadas las persianas, se la oía tararear con una afinación perfecta:

¡Qué bonita es Barcelona

La ciudad del Tibidabo…!

Cantaba canciones en las que se advertía la nostalgia que sentía por los felices días pasados en Barcelona, aquella ciudad que tanto había significado para ella y que en justa correspondencia ella tanto amaba, aunque no tanto como a su querido pueblo natal, Jumilla.

En varias ocasiones había contado a sus vecinas cosas que unas veces habían pasado realmente y otras en cambio las contaba como si hubieran sucedió de la forma que las imaginaba o deseaba que hubieran sucedió. Unas revividas, otras imaginadas, aquellas confidencias no eran tomadas por fanfarronadas muy propias de una anciana que se siente sola y necesita de vez en cuando de la compañía de alguien que le permita fantasear un poco ¡Tampoco es necesitar gran cosa!. Pues bien, el hecho de decir que había conocido a tal o cual personaje ilustre, o que en determinada ocasión en la que había asistido a una cena de gala, fueron servidos los postres en bandejas de plata, sólo servía para incrementar un poco la envidia de quienes la escuchaban, aumentando así el espacio que las separaba.

Tenía una sobrina de la que nunca hablaba, que tenía dos niños, pero estaba separado del marido y vivía con otro hombre, cosa que la señora Fina no veía con muy buenos ojos porque era una defensora acérrima de la familia tradicional y casi no hablaba de ellos y en las pocas ocasiones que lo hacía no demostraba el menor entusiasmo.

Pero da tantas vueltas la vida, que un día…

Las ventanas de la casa que acostumbraba a abrir muy temprano, permanecieron cerradas toda la mañana, la calle no fue barrida, ni la acera rociada con agua fresca. El primer día nadie lo advirtió, pero el segundo ¡qué extraño!, no fue a la lechería donde aún le guardaban la leche del día anterior, ni respondió a la llamada del panadero que el día anterior pensó que no necesitaría pan. Pero ya dos días… y sin embargo, el timbre sonaba… Una carta de propaganda que había introducido el cartero por debajo de la puerta la víspera, podía verse y los visillos ni se habían movido, ni la habían visto salir a la calle con el pretexto más insignificante para intercambiar alguna palabra o frase intrascendente con cualquiera. Todo resultaba muy raro…

Aquel atardecer. Una vecina, la señora Dolores, decidida donde las hay, convocó a todo el vecindario y llamaron a la guardia civil que entró en su domicilio forzando una ventana de la galería.

La encontraron tendida en el suelo, casi fría. Había sufrido una embolia, o una pequeña parálisis, eso es lo que dijeron. Fue ingresada rápidamente en un hospital, en la unidad de psiquiatría. Nadie supo exactamente lo que había pasado. Mejoró rápida e increíblemente y varios días después vino su sobrina y se la llevó a vivir con ella; dijeron que hasta que mejorase lo suficiente, pero lo cierto es que ya no quedaría en condiciones de poder volver a vivir sola.

A pesar de todo, la señora Fina volvió un día al pueblo. Ya no vivía sola; fue ingresada en una residencia, nombre con que disfrazaron lo que no era más que un asilo, palabra cruel con la que designan a ese lugar las personas de conciencia anestesiada que son las que llevan allí a sus viejos, alegando que sus muchas ocupaciones no les permiten atenderlos, o que viven en un piso muy pequeño y que allí están mejor porque pueden hablar con alguien de su edad y estarán mejor atendidos. ¡Qué ironía!

Algunas tardes, cuando hace buen tiempo, la señora Fina sale a dar un paseíto con su pasito menudo y ya menos decidido, su pañuelo verde de seda gastada cubriéndole la cara, a veces se queda mirando con nostalgia la que fue su casa cuando aún tenía fuerzas para cuidar de si misma, donde fue feliz, con sus sueños, sus geranios y su canario.

Ahora ya no le queda nada de eso, sólo sus recuerdos que desfilan febriles por su mente, mientras el piano del salón de la residencia desgrana las notas de una vieja y melódica canción, notas que parecen decir:

¡Qué bonita es Barcelona

La ciudad del Tibidabo….!

¿Qué sociedad es ésta en que vivimos, que niega el cariño a quienes más lo necesitan?

Publicado por: Juan Castellanos Gómez

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