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Fumando espero…

Fumando espero…

Por César Román*

No soy fumador, ni ex fumador, ni nada por el estilo, pero la Ley Antibaco me parece una de esas tonterías que los políticos sacan, para desviar la atención del personal de lo realmente importante. A eso algunos les llaman leyes biombo, otros cortinas de humo, y los más, la última tontería del inútil que nos malgobierna.  Y parecen casualidades, pero no lo son. El mismo día que empezaba el juicio del Caso Juan Guerra, el PSOE sacó aquella campañita famosa del póntelo, pónselo. La iglesia entró como un miura al que enseñan el trapo, y se lió la de Dios. Mareas de tinta para discutir si te lo ponías o te lo quitabas, si era mejor la marcha atrás, el capuchón o hacerlo a pelo. Y mientras tanto, Juan Guerra, se relamía sus heridas en un juzgado sevillano y en alguna pequeña esquina de los periódicos. Eso sí, lo hacía en el silencio que le había proporcionado el no tener hueco en las páginas de los periódicos, ocupadas por condones y explicaciones sesudas de “expertos” en esto de la eyaculación.

En plena crisis económica, con unas tasas de desempleo insoportables, con familias en la desesperación de la penuria, con padres y madres que tienen que abandonar sus casas desahuciados por no poder pagar la hipoteca, con cientos de pymes cerrando todos los días ¿de qué hablamos en los bares?: de si fumamos o no fumamos.  No me dirán ustedes que no son eficaces estos chicos del marketing, la publicidad y la mercadotecnia.

Pero es que lo mejor del asunto, es que cada vez que afloran una de estas ideas magistrales para desviar la atención del personal, tiene contraindicaciones y nos cuesta un ojo de la cara. En su día, la campaña condonera costó un quintal a las arcas públicas. Que digo yo, que a lo mejor hubiera estado mejor utilizado para mejorar la Sanidad, crear algunos puestos de trabajo o construir alguna guardería pública. Pero no, lo prioritario era el látex, que lo que yo propongo son cosas subsidiarias, debieron pensar las mentes preclaras que dirigen nuestra nación. Al igual que entonces, la campaña del fumeteo cafeteril, está costando puestos de trabajo, una caída en las ventas de los hosteleros, y un sinfín de problemas que pueden evaluarse en términos económicos. En plena crisis económica ¿no es lo prioritario el mantener y crear puestos de trabajo, y facilitar la actividad empresarial? A lo mejor soy un idealista, no lo sé, pero me da en la nariz, que lo importante ahora no es el pitillo, sino el bolsillo.

Los argumentos para defender la ley son como las cajas de pastelitos: variados, para todos los gustos y bien presentados, pero que no sirven para saciar el hambre. El argumentario oficialista nos dice que con esto logramos no salir de los bares oliendo a humo, ni nos moriremos dentro de veinte años con un cáncer de pulmón o de garganta, y los camareros dejarán de ser fumadores pasivos. Lo que no nos dicen, es que hay cientos de parados que darían un riñón por un puesto de trabajo en el que salieran oliendo no a humo sino a ollín, y que los camareros que pierdan sus puestos de trabajo por la dichosa ley, estarán más sanos, pero pobres. Primero dame pan, que luego ya hablamos de lo metafísico, pensarán todos ellos.

Nuestra clase política sigue instalada en su torre de marfil, alejada de lo que les pasa a los ciudadanos. Legislan desde el más allá, mientras en el más acá, las pasamos canutas por su manifiesta incapacidad. Pisan moqueta, cuando lo que tendrían es que pisar calle. Andan en coche oficial, cuando muchos no se ganan ni un billete de autobús. Cobran dietas y buenos sueldos, mientras nos dejan migajas y sin sustento. Por eso, aunque no he fumado nunca me encenderé un cigarro, y cantaré aquello de… “Fumando espero… que se vaya Zapatero”.

*César Román, es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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Ayuntamientos en Bancarrota

Ayuntamientos en Bancarrota

Por César Román*

El ayuntamiento del municipio madrileño de Fuente el Saz del Jarama anunciaba ayer que iba a llevar a cabo un Expediente de Regulación de Empleo para rescindir los contratos de un grupo de trabajadores municipales, porque carecía de medios para cubrir sus sueldos. Al momento varios ayuntamientos se sumaron a la iniciativa. En La Línea de la Concepción, los empleados llevan meses luchando para que les paguen las nóminas atrasadas. Y no son los únicos casos. Por toda la geografía nacional se extiende como una mancha de aceite la insolvencia de los consistorios para hacer frente a los pagos de empleados y proveedores. Una situación, que reviste una extrema gravedad que hay que afrontar. Muchos ayuntamientos están en situación de quiebra técnica. Y eso hay que resolverlo, porque la mala gestión de nuestros políticos no tienen porqué pagarla los ciudadanos.

Cuando un problema es general, su solución no puede venir de la mano de parches y demagogia. A los problemas generales, sólo se le pueden plantear soluciones estructurales. Ahora que llegan las elecciones municipales y autonómicas, los partidos se apuntarán a la promesa fácil, al encandilamiento del personal con ofrecimientos de todo tipo, y la negación de la mayor. El problema será del anterior alcalde, o del partido tal o cual, o de la autonomía de turno que como no es del mismo color político que el ayuntamiento se venga cortándoles el grifo del dinero. Las culpas serán del encerado, y nadie querrá asumir la suya. De nuevo entrará en escena los programas inflacionistas. Esto es, programas basados en promesas que para ser cumplidas, aunque sea en parte, saldrán de los esquilmados bolsillos de los ciudadanos.

 

Pero nuestra nación necesita otra política. Una política con visión de Estado y seria. Una política que no mire por los intereses de cada partido, sino por el interés del ciudadano. Una política que tenga en cuenta la participación del ciudadano en todo momento, y no sólo los escasos minutos en que tiene la papeleta en sus manos antes de depositarla en una urna. Una política que se base en que nuestros destinos los dirijan los más cualificados, y no los más enterados de cómo funcionan los artilugios internos de los partidos. Una política que ponga al frente del Ministerio de Sanidad a un prestigioso profesional de la Sanidad, y no a una Leire Pajín, que lo más cercano que ha estado de la medicina es cuando ha ido al médico de cabecera. Una política basada en un gobierno de gestión, compuesto por buenos y eficaces gestores, que nos devuelva a la senda de la prosperidad, del tanto tengo tanto gasto, y del progreso social bien entendido. Una política en la que el ser humano, esté en el centro y todo gire alrededor de él, frente a la situación actual en la que todos giramos como balancines en la absurda noria de la incompetencia de los cuatro inútiles que nos gobiernan, y la de los otros cuatro inútiles que esperan que estos caigan como fruta madura para ocupar su puesto y seguir a lo mismo.

Nuestros ayuntamientos son un elemento esencial de nuestra estructura social. Es la administración más cercana al ciudadano. Y debe contar con la mayoría de las competencias, y con un presupuesto suficiente como para llevarlas a cabo. Las autonomías, deformadas como un chicle por la manipulación de cuatro ineptos y cuatro grupos nacionalistas con ideas absurdas y obsoletas, son el problema. Las autonomías, generan una duplicidad, y hasta quintuplican funciones, que las convierten en un enorme agujero negro que se traga el presupuesto que le echen. Presupuesto que en manos de buenos gestores en los ayuntamientos rentaría, y generaría un ahorro, imprescindible para salir de esta crisis.

*César Román, es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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A vueltas con las Pensiones

A vueltas con las Pensiones

Por César Román*

Sus señorías siguen dándole vueltas a la patata caliente de la pensiones, como si con cada giro la patata se enfriase. Buscan soluciones para que nuestras arcas públicas puedan seguir pagando a los pensionistas, en un escenario en el que las cotizaciones a la Seguridad Social siguen cayendo. Y lo cierto es que continuar buscando una salida a ese callejón sin salida, roneando como ratoncillos alrededor del queso de la edad de la jubilación no les va a llevar a ninguna parte.

Para garantizar nuestro sistema de pensiones, no es preciso ni necesario, ni supone una solución, alargar la vida laboral. Para que los actuales y venideros pensionistas cobren una jubilación digna hay que reformar estructuralmente el sistema de financiación de la Seguridad Social. Alargar la vida laboral no sólo no soluciona la dificultad sino que la agrava. Les explicaré donde está el problema para hacer entendible la explicación. El sistema de financiación de la Seguridad Social es un sistema piramidal. Lo que cualquiera de nosotros pagamos hoy, no se guarda en una cajita que se abre cuando nosotros nos jubilamos. Lo que cotizamos hoy, va destinado a las pensiones que se cobran ahora mismo. Eso nos lleva a ese callejón sin salida del que hablábamos antes, y ese sistema de financiación es una bomba de relojería que sólo nos puede conducir al desastre, de no ser reformado estructuralmente. El actual sistema funciona muy bien, cuando hay muchos cotizantes. El problema surge cuando no guardan relación las cotizaciones con las pensiones que hay que cubrir. Y eso sin contar con que no todas las cotizaciones van destinadas a las pensiones, sino que de ellas también hay que detraer la financiación de nuestro sistema sanitario público, amén de otras muchas cosas.

Alargar la vida laboral y modificar los criterios para acceder a una pensión digna es una medida miope. Una medida partidista sin duda alguna, que sólo busca que esa bomba de relojería no le estalle en las narices al gobernante de turno actual, con la que únicamente se pretende alargar en el tiempo el  estallido para que el que venga detrás que arree. No es ninguna solución, porque el problema, que es el sistema de financiación, continúa estando ahí, y más vigoroso y agravado a medida que pasa el tiempo. Ante un problema de estas características, que supone una carga de profundidad alojada en la columna vertebral del Estado Social, no valen los apaños y precisa de una medida de Estado. Esa medida de Estado no puede ser otra que reformar profundamente el sistema de financiación de la Seguridad Social, que por estos y otros problemas reclama a gritos desde hace tiempo una profunda reforma. Y esa reforma sólo podrá producirse a través de un gran Pacto de Estado en el que se pongan de acuerdo todas las fuerzas políticas nacionales, los agentes sociales y la sociedad civil. Es preciso retornar a una senda del consenso en los grandes temas de Estado, y este es uno de ellos.

La reforma que nuestro Sistema de Seguridad Social precisa, no tiene que moverse en las directrices en las que se está debatiendo, sino que hay que replantear que hay que financiar la Seguridad Social en una parte a través de cotizaciones y en otra parte muy importante a través de la creación de un impuesto directo a la riqueza. De hacerse así, nuestro sistema de Seguridad Social dejaría de estar supeditado al vaivén del número de cotizantes, ya que su principal fuente de ingresos vendría de todos los ciudadanos sin excepción. Y por otra parte, eso proporcionaría la posibilidad de disminuir la enorme carga que supone para las empresas,  y especialmente para las pymes, la cotización a la Seguridad Social. En este punto las empresas pagarían menos a la tesorería, pero trasladarían una parte de esa rebaja a los salarios de los trabajadores, acercándoles mucho más al nivel del coste de la vida, que desde la entrada del euro no guarda relación con los salarios y potenciando mediante esa reducción en las cotizaciones la creación de empleo. Todo lo demás, será seguirle dando vueltas a la patata.

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos

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Centrar la política

Centrar la política

Por César Román*

Suele utilizarse como tópico el axioma de que a los españoles no les interesa la política. Sesudas mentes intentan demostrarnos de manera constante que la ciudadanía abomina de los políticos y de todo lo que huela a política. Esgrimen en su defensa las encuestas del CIS, y los datos de abstención de los comicios. Sin embargo, y para no variar, estoy en desacuerdo.

Es cierto que la gente está cansada de los políticos al uso. Politiquillos de tres al cuarto que se meten en sus partiditos, medran un rato y logran un acta de lo que sea, sin que en su vida personal o profesional acreditasen nada más que los éxitos de haberse cargado de un navajazo trapero al de la otra fracción que no apoyaba a su candidato, o haber salido sin magulladura alguna del bélico enfrentamiento en un periódico local con un rival de otro partidito de siglas, no de formas, distinto al suyo. De eso, sí que está cansada la gente. Y  eso es lo que reflejan las encuestas y no otra cosa.

Como también están aburridos de que la talla de nuestros políticos sea de absoluta enanez. Y no hablo en términos de estatura precisamente, sino de enanez de calidad. Todos estamos hastiados de la falta de hombres de Estado, a los que les han sustituido una especie de camarilla sin brillo y burocratillas de plastilina. Personajes como Adolfo Suárez, Felipe González, Manuel Fraga o Santiago Carrillo, se les podrá decir muchas cosas en cuanto a lo que defendían, pero eran hombres con concepto de Estado que emergen como gigantes a los que los enanos de la política actual no les llegan ni a desatar los cordones de los zapatos.

Las rencillas internas y públicas, más propias de patios de colegio y corrala lavapiesina, y el espectáculo diario de nuestros políticos en los medios de comunicación, provocan que muchos ciudadanos cambien de canal cada vez que aparece el sujeto de turno. Pero no significa que a la gente no le interesen las cosas del común, de la res pública en la mejor traducción latina de la politeia griega. A la gente sí que le importa el futuro que le dejarán a sus hijos, y el presente para poder salir adelante. Sí quieren gobernar sus vidas y repudian tener tutelas no pedidas a cargo de una clase política que se la arroga indecentemente.

Los ciudadanos quieren políticos distintos, que hagan políticas diferentes, que den soluciones concretas, a los problemas determinados que tienen. No quieren más trapos sucios lavados con el Ariel del Telediario. La gente no quiere histrionismos ni declaraciones altisonantes. La gente quiere y demanda otra cosa bien distinta. Quiere que la política se centre, porque la mayoría no quiere extremismos. Y quiere un centro firme en sus convicciones y con concepto de Estado. Esa es la razón por la que en las encuestas personajes como el ex presidente del Gobierno y fundador del CDS, Adolfo Suárez tiene picos de popularidad tan importantes y el subconsciente colectivo le ensalza. Por eso y porque tuvo la desdicha de adelantarse a su tiempo, que es lo mismo que equivocarse en su presente. Quizás Suárez desde ese mundo alejado de la realidad que le ha proporcionado su enfermedad, algún día contemple plácidamente y vea con satisfacción que todos los españoles hemos sabido crear un proyecto sugestivo de vida en común y una sociedad de hombres y mujeres libres.

Estos días, el CDS, el partido que él fundara ha vuelto a estar presente en muchos medios de comunicación, y aunque le pronostico una ardua tarea para volver a hacerse un hueco en el panorama político español, valdrá la pena seguirle, porque quizás todos esos ciudadanos huérfanos alberguen la esperanza de esa política diferente que hiciera Adolfo Suárez. De momento, al menos, su retorno es una buena noticia para la democracia y una demostración más de que a la gente sí le interesa la política, aunque no le interesen los politiquillos actuales.

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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La desfachatez de Marruecos con nuestros medios de comunicación

La desfachatez de Marruecos con nuestros medios de comunicación

Por César Román*

Que Marruecos venga a darnos clases de periodismo a España es un absurdo increíble. Pero lo es más aún que España se lo permita sin cantarles las cuarenta, y sin recordarles a los marroquís sus antecedentes en la materia. Conviene recordar que en el Palacio Real de Casablanca, lo que entienden por libertad de prensa tiene más que ver con un cortijo que con una sociedad libre. Llama la atención que las autoridades españolas no les recuerden a sus homólogos de la chilaba las campañas que los medios de comunicación marroquís, con la agencia oficial de noticias MAP a la cabeza, vienen llevando a cabo y en las que se inventan absolutamente de todo con tal de embadurnar la imagen de lo que ellos consideran la colonialista España. Lo más curioso del asunto es que haya sido una asociación de guardias civiles como el Círculo Ahumada, los únicos que han sacado a relucir el historial de la torticera actuación marroquí contra nuestra Nación. Un historial y un argumentario por cierto que es el que Alfredo Pérez Rubalcaba utilizó para defender a los periodistas españoles frente a su homólogo de interior marroquí, y que en honor a la verdad ha sido el único que ha mantenido un poquito de dignidad en el asunto. Parece que la Guardia Civil ahora no sólo tiene que dedicarse a defendernos de terroristas y maleantes, sino que también tiene que asumir funciones en asuntos exteriores. Todo eso para que luego les paguemos sus incansables servicios con sueldos de miseria y les condenemos a trabajar sin los medios materiales necesarios. Si no fuera por el carácter militar del cuerpo y por la devoción de esos miles de hombres y mujeres por su trabajo, la verdad es que nos tendrían que mandar a hacer gárgaras.

 

Mientras Marruecos se permite el lujo de leernos la cartilla a los medios de comunicación españoles, ellos cierran a cal y canto el Sahara, para que nadie vea la escabechina que están haciendo en la antigua colonia española. Mientras su agencia oficial de noticias emite noticias inventadas como que la Guardia Civil de Melilla mató a un joven marroquí en las revueltas de la Cañada, nosotros les respondemos con sonrisas, apretones de manos y recibimientos como si les debiésemos algo. Mientras el Rey de Marruecos ordena -en la mejor tradición familiar como le enseñó su difunto padre- aniquilar toda resistencia a sus deseos ilegales de quedarse con el Sahara como sea, los nuestros dedican su tiempo y sus esfuerzos a ver si a Montse Nebrera se le cae la toalla o no. Y así continuamos, y así nos luce el pelo. Mientras Marruecos va a lo importante y va cumpliendo su particular hoja de ruta para hacerse con el Sahara, con Ceuta y Melilla, con Canarias y hasta con Toledo si les dejas, aquí hay quien se dedica a vendernos como un éxito que tras tres años de duro trabajo en el Palacio de Santa Cruz, Google Maps haya cambiado el cartelito de la isla de Perejil y ya no figure como marroquí. ¡Qué exitazo, si señor! No, si ahora va a ser que Moratinos hacia las cosas bien y las lagrimas que tanto gustaban al amigo Pérez Reverte eran porque dejaba estos asuntillos a medias.

 

España lleva muchos años perdida en sus complicadas relaciones con Marruecos. Es verdad que hay que intentar mantener una buena relación con nuestros vecinos, pero esa sólo se puede producir si está incardinada en un respeto mutuo y en la dignidad. Y cuando te faltan al respeto, como viene siendo habitual desde Rabat, se tiene que notar que eso supera las líneas rojas de la corrección y se termina el buen rollito y el colegueo. El talante se puede practicar cuando no te escupen a la cara, se acuerdan de tu madre o te dan patadas en las espinillas. Pero cuando el que tienes enfrente te pierde el respeto, hay que plantarse y decir basta. Que a Marruecos se le ocurra venir ahora pidiendo que les marquen la línea editorial a los periódicos, tal y como hacen ellos con los suyos, demuestra lo que entienden por libertad. Y ahí, sí señor, si quieren les podemos enseñar un rato largo cómo se practica.

 

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos

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El Cañas Party

El Cañas Party

Por César Román*

Últimamente no hago más que escuchar nombrar al famoso Tea Party. Y al hilo de la derrota humillante que le ha proporcionado al que parecía todopoderoso Obama, todavía lo escucho mucho más. Últimamente parece que incluso hay quien postula la idea de traer ese modelo a España. Siempre he mantenido la opinión que las cosas que nacen y fructifican en un lugar lo son gracias a que conectan con la forma de ser de los ciudadanos de ese sitio. Por esa misma razón el comunismo tal y como se conoció en la antigua Unión Soviética era imposible de trasladar a la selva boliviana, el fascismo italiano a Japón o la democracia británica a Afganistán. Así pues, para quienes atesoran la idea de traer a España un Tea Party a imagen y semejanza del americano, huelga decirles que en mi opinión pierden el tiempo.

Si alguien quiere hacer el experimento por lo primero que podría comenzar es por plantearse adaptarlo a la singularidad de los españoles, los cuales por cierto, seguimos siendo muy diferentes. Aquí en lugar de traer el Tea Party tendrían que pensarse en instalar el Cañas Party, porque el Carajillo Party va a sonar a madrugar con cazalla y el Calimocho Party a chavales con pañuelo rojo anudado al cuello gritando ¡Viva San Fermín! Así que el nombre de Cañas Party yo creo que es el apropiado y entronca perfectamente con la tradición españolísima de arreglar el país en media hora con una caña en la mano, comiendo boquerones en vinagre y apoyando el codo en la barra.

Pero bromas aparte, para que un Cañas Party pueda pasar a ser algo serio, el principal problema es cómo hacer que la población, es decir la sociedad civil, admita que el futuro está en sus manos, que puede hacer que las cosas cambien y que para eso hay que implicarse. Y es que la principal característica del Tea Party no es su carácter político conservador, sino su sistema de movilización de una sociedad civil que ha decidido organizarse al margen de los partidos políticos. Esa es su novedad y su fuerza. Una característica que probablemente provoque dentro de poco el nacimiento de otro movimiento similar de corte ideológico contrario, y que puede llevarnos a que nos encontremos con un Tea Party socialdemócrata. Porque repito, lo importante de analizar en este asunto no es la heterogénea ideología que lo sustenta que ya era harto conocida antes el Tea Party, sino su sistema de organización, vertebración y conexión con la sociedad.

Muchos de los vectores que han hecho nacer y crecer el Tea Party no son extrapolables a España. Hay muchos más, pero podemos empezar por el hecho de que el ciudadano americano está habituado a pagar de su bolsillo las campañas electorales de los partidos a los que vota y a participar personalmente en las primarias, los caucus y los procesos electorales. Esto les conduce a implicarse mucho más en la vida política de su nación, y a ser mucho más exigentes con sus políticos. No es que el sistema americano sea una panacea y yo soy muy crítico con él, pero hay que reconocer que es mucho más participativo, directo y democrático que el nuestro. De hecho su sistema reconoce la posibilidad de echar del cargo a un político aunque no quiera su partido, mientras aquí podemos gritar y patalear lo que queramos, que si al aparato del partido no le da la gana el señor en cuestión sigue en su puesto agarrado al sillón los años que tenga a bien su presidente.

La vertebración de la sociedad civil española, el debate político y la implicación en los asuntos de la Res Pública, son elementos absolutamente ignorados por los ciudadanos. Quitando casos excepcionales como la reciente concentración de Voces Contra el Terrorismo en Madrid, rara vez hay manifestaciones o actos públicos con chicha en el que no estén implicados los partidos o los sindicatos. Si a eso le sumamos la inexistencia de debate real sobre temas que afectan a nuestras vidas directamente como nuestro modelo fiscal, nuestro sistema económico o nuestra concepción de Estado, concluiremos que nuestra sociedad civil está bajo anestesia general. Un estado catatónico que sólo conduce al no hay libertad sin cadenas que cantaba Jarcha allá por los setenta. Así que si alguien se plantea hacer algo en España por implantar un Cañas Party, sea de la ideología que sea, hay que darle la bienvenida y le auguro un trabajo duro y penoso. Un trabajo que desde mi punto de vista es necesario y positivo para todos, antes de pasar al psiquiatra colectivo para hacernos mirar cómo es que nos dejamos gobernar por la que posiblemente sea la peor clase política de todos los países civilizados.

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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El ascensor del paro

El ascensor del paro

Por César Román*

 

Seguro que estos días muchos de ustedes se preguntarán ¿el paro sube o baja? Los de la famosa EPA, que a la mayoría de la gente le suena a un partido regionalista de las Urdes, dice que baja. Y los del INEM, que a la mayoría le suena por tener que hacer colas a sus puertas y pelearse para coger un puñetero numerito, dicen que sube. Total, que nadie se entera de si sube o baja y da la sensación de que en lugar de frente al paro, estamos frente a la puerta del ascensor en un edificio de oficinas. ¿Sube? No bajo. Si seguimos a este paso alguien va a ir a preguntárselo a Belén Esteban. Si no, al tiempo.

 

Y en ese jueguecito, y en otros para que no le hagamos mucho caso al asunto, nos tienen embobados y perdiendo el tiempo. Tiempo que precisamente no nos sobra si queremos enmendar el rumbo de una economía que va camino de convertirse en una reedición de Argentina. Pero como decía mi padre, cuando el diablo no tiene nada que hacer, con el rabo mata moscas. Así que mejor sería que dejásemos de hacer el imbécil y pusiéramos a las mejores mentes de la nación a trabajar para sacarnos del hoyo en el que estamos metidos.

 

Pero para salir de una situación, lo primero que hay que hacer es saber los datos exactos de ese punto de partida. Seguir engañándonos con falsas perspectivas, o con datos amañados para que no suenen tan mal en la opinión pública, no hace más que empeorar la situación. Y los datos del paro son una magnífica evidencia de la mediocridad de nuestra clase política. Una clase política que al mirar exclusivamente por sus intereses de partido y carecer de una visión de Estado, se empeñan en jugar con todos nosotros como si fuésemos niños de teta recién salidos del parvulario. Pero cuando una sociedad es mayorcita, y la española lo es, no necesita que nadie la tutele, la hurte el conocimiento de la realidad, la engañe o la distraiga con juegos malabares. Y conste que en este caso no estoy precisamente hablando sólo de quienes están en el gobierno, de los que opino que lo están haciendo horrorosamente mal, sino que tampoco los de la oposición están para echarse ninguna flor, que también están demostrando una incapacidad fuera de lo normal.

 

Nos merecemos un gobierno y una oposición que no nos mienta ni nos oculte la realidad. Porque recordemos que siendo Rodrigo Rato ministro de economía, en una de esas operaciones de márketing sin precedentes, se eliminaron de las listas del INEM a casi un millón de personas, en base a criterios tan subjetivos como no contabilizar a quienes estuviesen haciendo un curso de formación. Esos mismos absurdos criterios publicitarios los siguieron los socialistas, no se vayan a creer ustedes. No iban los señores Caldera o Corbacho a echarse a las espaldas el “marrón” de aumentar todavía más las listas del paro, con los desempleados invisibles y que sólo aparecen como bultos sospechosos en la dichosa EPA. No sólo no enmendaron eso, sino que nos vendieron la moto de que subían el salario mínimo interprofesional. Lo que no nos contaban era que se creaba otra nueva denominación, con exactamente el mismo importe del antiguo salario mínimo y que afectaba a casi las mismas cosas. Eso es hacer política social. Con un par.

 

Por esas y otras razones los de la EPA y los del INEM son incapaces de ponerse de acuerdo y decirnos si de verdad tenemos, cuatro, cinco o seis millones de parados. Por cierto, para que todos lo sepamos porque la culturilla general siempre viene bien, en los organismos internacionales de crédito – que a esos no les pueden ir con cuentos ni medias verdades- se calcula el desempleo de España sumando los afiliados a la Seguridad Social, más los menores de diecisiete años, más los pensionistas, más los mayores de 57 años, menos el total de los censados. ¿Saben cuánto da esa cifra? Echen cuentas, que seguro que además de  sorprenderse se explican algunas de las críticas que nos vienen de nuestros vecinos del norte.

 

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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Los trileros

Los trileros

Por César Román*

Cuando siendo un niño llegué a Madrid procedente de mi Guipuzcoa natal, cogí el gustillo de pararme a mirar a la gente que jugaba a adivinar bajo que vasito estaba la bolita, arremolinados en mitad de la calle sobre alguna caja de cartones de tabaco. Me parecía increíble que hubiera adultos que se dejasen engañar de una forma tan tonta, y no fueran capaces de adivinar dónde estaba la puñetera bolita bailona. Un día que iba con mi padre me paré a mirar a los trileros, que así se llamaban los engañabobos que dirigían el cotarro de aquel jueguecito trolero. Viendo mi padre que aquello me llamaba la atención, además de recordarme que jamás debía jugar a eso salvo que quisiera perder todo el dinero que llevaba encima, me dijo una frase que se me quedó grabada: “no hay que mirar la bolita, en lo que hay que fijarse es en los vasos”.

Por alguna extraña y desconocida razón, esa imagen y esa frase volvieron a mi cabeza el otro día mientras veía el baile de ministros con que nuestro presidente nos obsequió. Los más agudos analistas de nuestra nación debatían sobre la idoneidad o no del nuevo ejecutivo, e incluso se atrevían a predecir el curso de los acontecimientos venideros de acuerdo al carácter o trayectoria de los nuevos nombrados. Las redacciones se llenaban de bolas mágicas en las que se fijaban los más circunspectos tertulianos para advertirnos de ese futuro, cuan rappeles o Elenas Francis de pacotilla enfundados para la ocasión en portadas, editoriales, biografías y corbatas. España entera miraba atenta intentando adivinar donde se escondía la bolita, mientras nuestro presidente nos movía los vasitos, pensé. Sólo que la estampa había abandonado el escenario de las calles del Rastro madrileño, y en vez de sobre una caja de Ducados nos encandilaba moviendo con habilidad la bolita cuan gran maestro tahúr sobre el tapete del telediario.

Discutir si son galgos o podencos, o si es un pájaro o es un avión, sólo nos puede conducir a que al final tengamos que responder cuan muñecos del Barrio Sésamo: “no, es Supercoco”. Porque por mucho que nos cambien de sitio la bolita, al final el nuevo gobierno es el que el nuevo presidente ha querido que sea, igual que había ocurrido hasta ahora. Nada o poco ha cambiado. Los vasos, en los vasos es en lo que hay que fijarse en vez de en la bolita. Si el nuevo gobierno ha dejado de ser el de las ministras del Vogue y la cuota para ser el gobierno de Rubacaba, poco tiene de interés profundo. Este será, como los anteriores, el gobierno de Zapatero y hará lo que el presidente decida en cada momento, porque donde hay patrón no manda el marinero.

Y es que, no hay nada como hacer que parezca que se cambia todo, para que en realidad no cambie nada. Las políticas de gasto público, de estimulación a la actividad económica, el acceso al crédito o las ayudas a las pymes que son las que realmente crean empleo van a seguir siendo las mismas. España, con este gobierno o con el anterior seguirá teniendo una administración quintuplicada y con un sistema de comunidades autónomas ineficaz y carísimo que lastra nuestra salida de la crisis económica. España, con este gobierno o con el anterior seguirá pendiente de llevar a cabo las auténticas reformas estructurales que posibiliten crear empleo. España, con este gobierno o con el anterior seguirá ahogando a los autónomos con una carga intolerable de impuestos y abocándolos a la economía sumergida. Nada ha cambiado, solo que nos han movido la bolita de sitio. Hay que reconocer que ha sido una buena jugada, pero las colas del paro están para pocos juegos, y menos aún para que unos y otros nos sigan moviendo y tocando las bolitas.
*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

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Tricornios, silbatos y pancartas

Tricornios, silbatos y pancartas

Por César Román*

A Rubalcaba se le quedaba cara de pocos amigos y dóberman casquista cuando recibió una pitada en el colegio de Valdemoro en la festividad del día del Pilar. Familiares, amigos y guardias civiles le recibían con silbidos y abucheos. A mí lo que menos me llama la atención de eso es la cara de Rubalcaba. Que les aplaudan y al día siguiente les pinten va intrínseco en el sueldo de los políticos. Y si no, que se lo pregunten a Aznar o a Zapatero. Pero lo que resultaba chocante, y por eso era noticia, es que eso se produjera en la disciplinada y siempre callada Guardia Civil. Desde su fundación, ni la república, ni la dictadura, ni la democracia han valorado suficientemente la abnegada labor de estos hombres y mujeres. Menos aún les han pagado los salarios dignos y acordes con su función y su riesgo. Y eso que no es sólo salario lo que reivindican, sino medios materiales con los que hacer su trabajo de forma eficaz. Muchos guardias están cansados y aburridos de no tener gasolina para hacer la ronda en coche, de tener que adelantar gastos de sus bolsillos que les son devueltos varios meses después, de pedir hasta folios en los ayuntamientos, de casas cuartel que se caen a trozos o de tener que andar trampeando con los talleres de la zona para que les pongan los neumáticos usados que les quitan a los coches de los vecinos. Eso por no hablar de andar sin chalecos y medidas de autoprotección mínimas. En definitiva una vergüenza y un mal pago para quienes están dispuestos a garantizar con su vida la libertad de la que otros disfrutamos.

 

La vida espartana de la milicia se la enseñaron en la academia y como tal la asumieron. De eso no cabe duda alguna. Sólo hay que ver la labor que hacen a pesar de las carencias que les hacen pasar los políticos de turno. Y en este caso no hay color que pueda colgarse la medallita de haber considerado de forma consecuente a la benemérita. Algunos casos personales aislados hubo a ambos lados de la trinchera política. Rodríguez Ibarra, quien declaró que “yo no necesito ninguna policía autonómica porque tengo la mejor, que es la Guardia Civil” llevó a cabo una labor de reforma de los cuarteles del pleistoceno extremeño, pagando los gastos que eran competencia de Defensa e Interior. Federico Trillo lo intentó también en cuestión de sueldos y en reordenación de servicios, paliando en algo las lamentables nóminas de los guardias y mandos. Pero esas gotas en el mar verde de los puestos, es claramente insuficiente.

 

Esa situación ha degenerado en manifestaciones de tricornios reclamando cosas elementales, lógicas y que apoyan todos los ciudadanos con dos dedos de frente. Y ha degenerado también, que todo hay que decirlo, en que algunos aprovechados echen las redes en el banco de los peces del descontento, para asegurarse un futuro con horas sindicales y escaqueos del servicio. Bajo las reivindicaciones justas, también se esconden los cainitas de turno, que ven el caldo de cultivo para desmilitarizar la Guardia Civil y conseguir prebendas personales. Porque dejémoslo claro. Ese movimiento de la llamada “profesionalización” que algunas asociaciones autodenominadas sindicales reclaman, es también una bomba de relojería en la línea de flotación de la existencia misma de la Benemérita. Primero porque más profesionales que son ya, es difícil serlo. Y segundo porque tras el eufemismo de la “profesionalización” se esconde el deseo de desmilitarizarla. Y un proceso de desmilitarización conllevaría lisa y llanamente la desaparición de la Guardia Civil tal y como la entendemos. Su eficacia se asienta precisamente en ese concepto militar del servicio. Sin la disciplina y espíritu de servicio del que hacen gala, esa eficacia se viene abajo. De ahí que debamos todos apoyar que les mejoren sus condiciones de manera profunda, pero manteniendo siempre su carácter militar. Porque si confundimos el culo con las témporas, nos habremos cargado uno de los mejores cuerpos de seguridad del mundo. Y eso conlleva poner en peligro las vidas y las libertades de todos los ciudadanos.

*César Román es portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

Publicado en César Román, OpiniónComentarios (1)

Yo por mi partido… MA..TO

Yo por mi partido… MA..TO

Por César Román*

 

En los años ochenta el popular periodista y humorista Pedro Ruíz recorrió las principales capitales europeas con un autocar con un enorme lema impreso que nos proporcionó bastantes carcajadas: “Enhorabuena europeos, ya sois españoles”. Eran los años ochenta y Europa nos parecía algo lejano y desconocido. Los rifi rafe de la política italiana nos causaban risotadas, como si aquello jamás pudiera ser posible en nuestra piel de toro. Pero hemos sido rápidos, y hemos aprendido a velocidad de vértigo de nuestros vecinos. Incluso les hemos aventajado en muchas cosas. No en economía ni en gestión, claro, pero sí en clave de tontería. Y ya se sabe que los españoles cuando nos ponemos, nos ponemos.

 

Como la estupidez de Chikilicuatre en Eurovisión no nos pareció suficiente, hay quien se ha obstinado en que ahora se suba el listón de la tontería nacional y la vergüenza ajena. Algún directivo de una productora televisiva se le ha ocurrido pensar, “si los italianos tuvieron a Cicciolina, nosotros podemos tener a nuestra Belén Estéban”. Y dicho y hecho. El debate no sólo se instaló en la calle y trajo ríos de tinta. Una empresa especializada y seria llegó a realizar una encuesta que situaban a la popular comentadora de San Blas como la tercera fuerza política de España, con 7 diputados nada menos. Pero sería interesante pararse a pensar qué está sucediendo para que esto pueda ser posible.

 

Quiero aclarar que nada tengo contra Belén Estéban, a quien por cierto conozco personalmente desde hace años ya que  nuestras hijas fueron compañeras en el colegio Joyfe de Madrid. Ella hace su trabajo, genera noticias y me parece que ser capaz de mantenerse en la primera línea del mundo del corazón tiene su mérito. Yo no valdría para ello, pero la reconozco su mérito. A cada cual hay que darle lo suyo.

 

Otra cosa es que cientos de miles de ciudadanos estén dispuestos a darle su voto en unas elecciones. Sería una buena ocasión para plantearnos en qué punto de degradación se encuentra nuestra clase política para que en lugar de votarles a ellos, esos ciudadanos prefieran votar a Belén Estéban. Sería bueno pararse a pensar porqué alguien puede preferir votar a Belén, que siempre ha demostrado y hecho gala de una absoluta ignorancia de la política, la economía o nuestra sociedad.  Sería un buen momento para pensar si los espectáculos a que nuestros políticos nos tienen acostumbrados, no estarán generando el caldo de cultivo para que personas sin escrúpulos y con un buen manejo de los medios pudiera llegar a detentar la representación de todo un pueblo. Y no es que Belén sea de ese tipo de personas, pero otras quizás sí, y nos tengamos que lamentar a posteriori. No sería la primera vez, ni la última.

 

Esperemos, por el bien de todos que no tengamos que vivir en carne propia las enseñanzas de aquella película interpretada magistralmente por Lizza Minnelli,  Cabaret. Porque no olvidemos que después del cabaret, vino el nazismo. Es la ley del péndulo. Un péndulo peligroso sobre el que todos deberíamos reflexionar. Y puestos a ello, los primeros que deberían pensar qué están haciendo para que esto ocurra es nuestra clase política. Una clase política que a lo mejor no está comprendiendo que los tiempos les han pasado por encima y se comportan como dinosaurios del pleistoceno en plena época de las nuevas tecnologías. Esperemos que no tengamos que escuchar en el hemiciclo frases como… yo por mi partido… MA..TO.

 

*César Román es el portavoz de la Asociación Profesional de Directores de Recursos Humanos.

Publicado en César Román, OpiniónComentarios (2)

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