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“El Solar vacio”

“El Solar vacio”

Dedicado a la asociación “Cuatro Patas”

Hace escasos minutos que hemos estrenado el primer día de septiembre, largo tiempo anhelado a lo largo de un caluroso e interminable agosto en el que casi nos asfixiamos con un calor húmedo y sofocante.

De este modo vivimos engañándonos a nosotros mismos esperando que en nuestra existencia se produzcan acontecimientos gratos o circunstancias felices que nos ayuden a soportar la carga en que se convierte a veces nuestra vida.

Enfrente del hotel donde trabajo como conserje de noche hay un solar. A escasos metros detrás de unos cañaverales está la playa. Cuando hay silencio puedo escuchar el bramido de las olas que como cualquier sonido originado por la naturaleza resulta sugerente y tranquilizador, especialmente para un alma estresada y entristecida como era la mía en aquel entonces, hace ya cuatro meses, el hotel estaba recién abierto e iniciábamos la temporada turística como cada verano, con un turismo en crisis, tenía para añadir a las ansiedades e incertidumbres que compartíamos todos los trabajadores del sector, las mías propias. Una persona en mis circunstancias con una edad no demasiado temprana para la que el amor nunca llegó con la fuerza suficiente para arraigarse en mi vida y echar raíces se pasaba las primeras noches de verano buscando sentido a las cosas, les buscaba significados y matices que me fuesen válidos para seguir viviendo sin tener que recurrir a la bebida, las pastillas para dormir y los cigarrillos que encendidos ininterrumpidamente, uno detrás de otro formaban parte de una interminable y humeante cadena que me resecaba la garganta y envenenaba los pulmones. Desgranaba las horas intentando leer, pero las páginas de los periódicos no ofrecían un panorama muy alentador que digamos, y no había hallado ese libro que a veces encontramos y nos ofrece ratos de evasión con la lectura de sus páginas.

Una de aquellas noches largas y aburridas, observé con asombro que en una pequeña senda que atravesaba el solar, enfrente del cual estaba situado el hotel y que lo separaba de la playa, se habían acostado tres perros, dos de los cuales parecían dormir, mientras el otro velaba. Dos de ellos eran de color marrón claro, más bien grandote, de ninguna raza definida, eran como una mezcla de perros lobos  o pastores alemanes, el tercero era negro con manchas blancas y las orejas caídas y unos ojos enormes y expresivos.

Se habían instalado descaradamente en medio de la mencionada senda por la que a aquellas horas no pasaba nadie, allí se acostaban y parecían turnarse velando uno el sueño de los otros, lo que me llamó especialmente la atención. Un compañero mío, conserje de noche como yo que trabajaba en unos apartamentos cercanos me explicó que todos los animales actuaban guiados por su instinto, que a parcelaban una determinada zona y acudían allí a dormir considerándose en su territorio, pero como tenían instinto de manada preferían las zonas donde hubiese algún movimiento a aquellos lugares donde el silencio y la obscuridad fuesen profundos e impenetrables aunque estos últimos ofreciesen para ellos una mayor seguridad.

Así acudían al solar noche tras noche, fieles a su cita, y tal vez porque los humanos poseamos también ese mismo espíritu de manda, me sentía yo reconfortado y acompañado. Admiraba la camaradería de aquellos tres perros vagabundos, envidiando un poco su compañerismo y amistad. ¿En qué extraños mecanismos ancestrales e instintivos se basaba su comportamiento?, comportamiento que yo encontraba tan bello.

Cuando alguien se encaminaba por aquella senda que conducía a la playa le obligaban a desviarse unos metros, protestando por haber perturbado su descanso, y cosa curiosa, cuando algún otro perro, vagabundo como ellos intentaba incorporarse al grupo, le rechazaban ladrando enérgicamente, o así lo interpretaba yo, y el pobre animal ante la bronca que le echaban, se marchaba con el rabo entre las piernas y la decepción instalándose entre las neuronas de su perruno cerebro. Era como si le dijeran ¡Ya somos bastantes! ¡¡Sólo nos faltaba otra boca que mantener!! Y así seguían, noche tras noche, pernoctando en el solar desde poco después de la medianoche hasta el amanecer, cuando los chillidos de las gaviotas y los rayos de luz del Padre Sol les obligaban a abandonar sus improvisados lechos de arena tibia.

Siguió transcurriendo aquel cálido verano de 91.

Contábamos ya los días que nos separaban del anhelado y refrescante otoño, combatiendo sus rigores a base de gaseosa, cubitos de hielo, polvos de talco, dolores de garganta y ráfagas de aire de ventilador que al rato de empezar a girar ya no ventilaba ni refrescaba nada, tan grande era el bochorno circundante.

Una mañana –la última de agosto-, en una playa cercana a Cala Graçio, descubrí con asombro que la manada había aumentado, uno de los tres perros, dos marrones y uno negro,-el negro era una hembra y había parido tres perritos-. Los estaba lamiendo amorosamente, el precioso espectáculo de la vida que se renueva una vez más. Era el milagro de la maternidad, tan bello bajo cualquier manifestación se hizo presente una vez más, entre las sabinas, debajo de las ramas de los pinos de la torrentera y sobre las arenas calientes y suaves de Cala Graçió.

Se habían refugiado en una cueva y mientras mama-perra cuidaba de los perritos, los otros dos –más delgados que nunca- deambulaban a primeras horas de la noche buscando en las basuras algún desperdicio que llevarse al diente o transportar con cuidadosos esmero hasta donde se encontraba la perra cuidando de la prole. Incluso una noche descubrí un cachorro correteando por el solar que me lleno de ternura y angustia: ternura porque me la inspiró al contemplarlo, angustia porque presentí mientras me deleitaba mirando sus pasitos y retozos el que sería el final, aún tratándose de una criatura tan inocente como indefensa.

El maldito lugar al que se iban durante el día fue su error: A veinte o treinta metros estaba ubicado un chiringuito de esos que sirven hamburguesas y bebidas a los turistas que acuden a la playa para broncearse.

Los pobres perros tal vez se instalaron cerca de allí porque los veraneantes les daban algo de comer o ¿Quién sabe?-

Pero, los dueños del Quiosco –vigilantes fieles de sus intereses- denunciaron el caso al Ayuntamiento que envió inmediatamente al veterinario y al perrero, los cuales decretaron inmediatamente su sacrificio ¡Qué ironía, encima llamarlo así! Para mí no era otra cosa que un asesinato, un crimen premeditado y sistemático al amparo de una sociedad que mediante sus leyes elimina aquello que le es molesto o es capaz de perturbar aunque sea mínimamente su orden legalmente establecido.

¿Qué daño hizo esta familia de perros? Su único delito fue vivir, como el de tantos seres humanos como vienen a este mundo careciendo de derechos y poder, porque otros humanos de los que sólo tienen el nombre o apariencia no se los reconocen.

Si esta desdichada familia de perros se hubiera instalado 500 metros en el interior del bosque, esto no hubiera sucedido, pero ahora ya es tarde para lamentarse- pienso, mientras sigo encendiendo un cigarrillo detrás de otro- El cenicero lleno, debo tirarlo. Intento sumergirme en la lectura de los diarios, ¡Todo inútil! Un grupo de demócratas desaíra inmerecidamente a Gorbachov. Las repúblicas bálticas han declarado su independencia y Croacia declarará la guerra a Serbia, y el último golpe de la ertzaintza contra ETA.

Pasiones y desacuerdos políticos entre los humanos. No hay un titular que diga: FAMILIA DE PERROS MASACRADA, sonaría ridículo, a nadie le importa ni interesa. Sólo cuando son cachorros hacen gracia y gusta jugar con ellos. En los escaparates de las tiendas de suvenires se exhiben fabricados en peluche de todos los tamaños y colores, sólo les falta tener vida, a los que la tienen inexplicablemente se les quita. Tienen pulgas, ladran, ensucian, molestan y es preciso exterminarlos, son antihigiénicos, perros asilvestrados portadores de parásitos y de mil y una infecciones, pero ¿De qué infecciones somos portadores los humanos? ¿Qué extraños vicios nos corroen y engendran vanidad, ambición, ansias insaciables de lucro y poder? ¿Quiénes son responsables de tanta guerra, holocausto y genocidio sin que nadie mueva un solo dedo para pararlos?

Si alguien no humano pudiera confeccionar una lista con todos nuestros defectos e imperfecciones, la relación sería interminable.

Somos criaturas veleidosas y volubles que con la fuerza como única razón pretendemos poner el universo a nuestros pies, pero mientras que no nos llegue la hora de rendir cuentas y responsabilidades por tanto exceso…. Aquí sigo sentado mirando intrascendente por las amplias puertas de la recepción del hotel donde trabajo, fumando cigarrillo tras cigarrillo, consumiendo de este modo mi dolor y mi tedio, y las interminables horas que me separan del amanecer, siento que la soledad me atraviesa como si fuera la hoja de un afilado cuchillo, mientras los nacarinos rayos de la luna en cuarto menguante se filtran a través de las ingrávidas hojas de las cañas –que flotan en el viento como banderitas de nacionalidades inexistentes- iluminado la arena y los matojos del solar vacío, donde ya, ni esta noche ni las sucesivas vendrán los tres perros a dormir.

Juan Castellanos Gómez

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La señora Fina

La señora Fina

Cuando la recuerdo, me parece verla andar con su pasito menudo y decidido caminando por las anchas aceras del Paseo de la Asunción. Era una mujer jubilada, perteneciente a ese grupo de personas que ahora se llama tercera edad. Aunque había nacido en el pueblo, había pasado toda su juventud y madurez en Barcelona, donde marchó muy joven para trabajar en una fábrica de tejidos. Después estuvo de artista; corren rumores de que fue mujer de “vida alegre”, pero lo único cierto es que había vuelto “para morir donde había nacido”, por ese ancestral instinto que todos llevamos dentro, y que no deja de manifestarse desde lo más profundo de nosotros. Es unas veces un aletazo suave de nostalgia; es otras una ansiedad y añoranza irresistibles, pero en verdad es un sentimiento del cual no podemos liberarnos totalmente desde el día que partimos de “la patria chica” anhelando siempre volver a ella, al menos para morir en paz o encontrar un poco de compañía y consuelo en esta difícil etapa de la vida que es la vejez, cuando más se necesita un poco de cariño, de ese cariño que a veces no se encuentra.

Vivía la señora Fina en la planta baja de un moderno edificio de tres plantas. Se pasaba el tiempo bordando detrás de los visillos de su ventana y no había transeúnte que escapase a su mirada curiosa, pues siempre que escuchaba pisadas sobre los adoquines, apartaba tímidamente el visillo ¿A quién esperaba? ¿Tal vez esa visita que nunca recibió? Su mejor amiga era una vieja radio que siempre tenía puesta.

Era evidente que había sido artista alguna vez. Recuerdo que la conocí en el banquete de una boda, durante el baile. Estaba bailando con un chiquillo y marcaba los pasos del baile entonces de moda, “la yenka”, con una precisión y destreza inigualables que solo eran propios de una persona que hubiera tenido por profesión este tipo de cosas.

A pesar de la indiferencia de sus vecinas –en las que no hallaba ni un asomo de simpatía, ni una pizca de correspondencia-, la señora Fina vivía desentendida y feliz agarrándose a lo poco que la vida le daba: cuidando los geranios de la galería, escuchando su radio a todas horas, barriendo la acera y rociándola con agua fresca. En verano, cuando estaban las ventanas abiertas y bajadas las persianas, se la oía tararear con una afinación perfecta:

¡Qué bonita es Barcelona

La ciudad del Tibidabo…!

Cantaba canciones en las que se advertía la nostalgia que sentía por los felices días pasados en Barcelona, aquella ciudad que tanto había significado para ella y que en justa correspondencia ella tanto amaba, aunque no tanto como a su querido pueblo natal, Jumilla.

En varias ocasiones había contado a sus vecinas cosas que unas veces habían pasado realmente y otras en cambio las contaba como si hubieran sucedió de la forma que las imaginaba o deseaba que hubieran sucedió. Unas revividas, otras imaginadas, aquellas confidencias no eran tomadas por fanfarronadas muy propias de una anciana que se siente sola y necesita de vez en cuando de la compañía de alguien que le permita fantasear un poco ¡Tampoco es necesitar gran cosa!. Pues bien, el hecho de decir que había conocido a tal o cual personaje ilustre, o que en determinada ocasión en la que había asistido a una cena de gala, fueron servidos los postres en bandejas de plata, sólo servía para incrementar un poco la envidia de quienes la escuchaban, aumentando así el espacio que las separaba.

Tenía una sobrina de la que nunca hablaba, que tenía dos niños, pero estaba separado del marido y vivía con otro hombre, cosa que la señora Fina no veía con muy buenos ojos porque era una defensora acérrima de la familia tradicional y casi no hablaba de ellos y en las pocas ocasiones que lo hacía no demostraba el menor entusiasmo.

Pero da tantas vueltas la vida, que un día…

Las ventanas de la casa que acostumbraba a abrir muy temprano, permanecieron cerradas toda la mañana, la calle no fue barrida, ni la acera rociada con agua fresca. El primer día nadie lo advirtió, pero el segundo ¡qué extraño!, no fue a la lechería donde aún le guardaban la leche del día anterior, ni respondió a la llamada del panadero que el día anterior pensó que no necesitaría pan. Pero ya dos días… y sin embargo, el timbre sonaba… Una carta de propaganda que había introducido el cartero por debajo de la puerta la víspera, podía verse y los visillos ni se habían movido, ni la habían visto salir a la calle con el pretexto más insignificante para intercambiar alguna palabra o frase intrascendente con cualquiera. Todo resultaba muy raro…

Aquel atardecer. Una vecina, la señora Dolores, decidida donde las hay, convocó a todo el vecindario y llamaron a la guardia civil que entró en su domicilio forzando una ventana de la galería.

La encontraron tendida en el suelo, casi fría. Había sufrido una embolia, o una pequeña parálisis, eso es lo que dijeron. Fue ingresada rápidamente en un hospital, en la unidad de psiquiatría. Nadie supo exactamente lo que había pasado. Mejoró rápida e increíblemente y varios días después vino su sobrina y se la llevó a vivir con ella; dijeron que hasta que mejorase lo suficiente, pero lo cierto es que ya no quedaría en condiciones de poder volver a vivir sola.

A pesar de todo, la señora Fina volvió un día al pueblo. Ya no vivía sola; fue ingresada en una residencia, nombre con que disfrazaron lo que no era más que un asilo, palabra cruel con la que designan a ese lugar las personas de conciencia anestesiada que son las que llevan allí a sus viejos, alegando que sus muchas ocupaciones no les permiten atenderlos, o que viven en un piso muy pequeño y que allí están mejor porque pueden hablar con alguien de su edad y estarán mejor atendidos. ¡Qué ironía!

Algunas tardes, cuando hace buen tiempo, la señora Fina sale a dar un paseíto con su pasito menudo y ya menos decidido, su pañuelo verde de seda gastada cubriéndole la cara, a veces se queda mirando con nostalgia la que fue su casa cuando aún tenía fuerzas para cuidar de si misma, donde fue feliz, con sus sueños, sus geranios y su canario.

Ahora ya no le queda nada de eso, sólo sus recuerdos que desfilan febriles por su mente, mientras el piano del salón de la residencia desgrana las notas de una vieja y melódica canción, notas que parecen decir:

¡Qué bonita es Barcelona

La ciudad del Tibidabo….!

¿Qué sociedad es ésta en que vivimos, que niega el cariño a quienes más lo necesitan?

Publicado por: Juan Castellanos Gómez

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Carta a mi perro

Carta a mi perro

Querido Boby:

Es la primera vez que escribo a un perro y no sé si es así como debo dirigirte esta carta, una carta que tú no leerás, porque los perros no sabéis leer.

¡Escribir a un perro! ¡Qué tontería!. Puede ser una forma absurda de perder el tiempo, sin embargo, hacemos tantas cosas que no parecen aparentemente absurdas y en cambio lo son. Hay muchas cosas que pareciendo sensatas son totalmente demenciales, tenemos el claro ejemplo de la guerra. ¿Hay algo más ilógico, inhumano y brutal?, por mucho que se empeñen en querer justificar la necesidad de su existencia con causas falsas y aparentemente lógicas. Pasamos noches enteras sin dormir para intentar aprobar unas oposiciones que luego no conseguimos superar. Engrandecemos a una persona con la imaginación y luego cuando la perdemos o nos falla, nuestra mente formula un interrogante: ¿Es capaz de dar más cariño un animalito que una persona?. A veces, la respuesta es tristemente afirmativa. Vivimos presos de nuestros anhelos, con las horas contadas y sumergidos en la inmensa vorágine de la vida moderna, sin tiempo para otra cosa que no sea sobrevivir y satisfacer nuestro ego, o inmersos en la abúlica desesperanza que supone ser uno más de los que integran las tristes filas del paro, como las integraba yo cuando estábamos juntos y éramos amigos. ¿Recuerdas Boby, nuestros largos e interminables paseos por las afueras del pueblo? Como no tenía dinero de sobra para pagarme un café y sí tenía en cambio muchas horas que matar, -olvidamos a veces que matar el tiempo es una forma de matarnos a nosotros mismos-, nos dedicábamos a recorrer juntos por las afueras del pueblo todas las sendas que salían hacia los campos, la rambla, aquel viejo castillo en ruinas sobre el que los cuervos volaban buscando cobijo en sus escombros, mientras graznaban desgarrando la calma de la tarde.

Me pasaba las horas contemplando las nubes pasar, los árboles, la hierba verde mecida por el viento, los pájaros dando saltitos  sobre las rocas planas; me entretenía tirando piedrecitas a los charcos mirando los círculos concéntricos ensanchándose hasta recuperar las aguas su calmosa quietud, volviéndose a quedar inmóvil nuevamente. Hay siempre algo angustioso en el agua encharcada de los charcos turbios, cuando no los riza el viento o no se oye el chapoteo de las ranas, ni se ven esos surcos que trazan en su superficie los ingrávidos insectos, como algo angustioso hay también en la existencia de una persona sin trabajo como lo estaba yo en aquel entonces, veía pasar las horas por delante de mí, como pasan las nuves por el cielo asemejándose a pelotones enormes de algodón, mientras me preguntaba cuanto tiempo más duraría mi situación.

Tú, Boby, corrías intentando atrapar alguna rana, pero cuando llegabas, ellas ya se habían zambullido con una destreza que envidiaría Mark Spitz, y las burbujitas de aire bailaban en la superficie como diminutas perlas mientras emitías furioso unos estériles ladridos de protesta.

Entonces yo te llamaba y te acariciaba en la cabeza para que se te pasara la rabieta, al fin y al cabo, yo como tú, había querido alcanzar tantas cosas en la vida, había soñado realizar tantos sueños, y me había trazado tan imaginarias metas que nunca había podido alcanzar y que habiéndome resultado tan escurridizas a ti las ranas, había conseguido lo mismo que tú, ¡Nada!, me correspondías meneando la cola alegremente o lavándome las manos a lengüetadas y te lanzabas a perseguir a las mariposas, o intentabas coger una mosca al vuelo cerrando súbitamente la bocaza, parece que quisieras demostrarme con ello, al ejercer tu facilidad para encontrar nuevas y distraídas actividades, que siempre hay que volver a empezar, e intentarlo todo de nuevo, aunque nuestros esfuerzos hayan resultado vanos.

Pero… ¿Y las fuerzas, Boby? ¿De dónde sacarlas? Son demasiados rechazos, demasiada indiferencia ante tantos esfuerzos inútiles, y tantos intentos fallidos.

Al fin surgió la posibilidad de trabajar aquí, lejos de mi pueblo, ahora trabajo, sí, pero… ¿A qué precio?, tuve que dejarlo todo, el pueblo, mi casa, la familia, algunos amigos entre los que te cuentas, tú, que eres el mejor de todos, porque me aceptas como soy, sin ningún tipo de prejuicio social, y sin reprocharme nada, siempre dispuesto a acompañarme a donde fuera, incluso aquí, a varios cientos de kilómetros, si hubiera sido posible o las circunstancias lo hubieran permitido, ¡pero, no! Tuve que dejarte.

Me negué rotundamente a ponerte bozal ¿para qué? Si eres incapaz de morder a nadie, y mucho menos de llevarte atado, privado de la libertad de saltar y correr a tu aire, ejerciendo tu libertad, derecho fundamental que Dios otorga a los seres vivos, por este motivo, aquel perrero que sentía antipatía hacia mí, trataba en vano de atraparte para obligarme a pagar una multa, pero cuando se afanaba llamándote no hacías ni caso a sus esforzadas apelaciones. Cuando yo te llamaba lo hacía utilizando  expresiones inglesas, “Come on”, Quiet! Already!” y tenias que conocer mucho a una persona para obedecerla si utilizaba expresiones diferentes de las mías.

Cómo me gustaría ahora poder jugar con mis sobrinos y contigo un partido de fútbol con aquel pequeño balón de rayas de colores, escuchando las risas de los niños y las suaves protestas de los vecinos por el alegre y ruidosos jolgorio que formábamos cuando ellos todavía no habían terminado de hacer la siesta.

Te recuerdo, Boby, y cuando veo a alguna persona paseando con su perro, siento envidia y la nostalgia me golpea como el aletazo de una gaviota, de esas gaviotas que tú no has visto volar ni verás jamás, ni tampoco el mar, el único mar que has visto, son los charcos de agua sucia y estancada cuando paseábamos por la rambla, ocasionales espejos de nuestras aventuras y desesperanzas.

Escucho intrascendente unos ladridos por la calle, y pienso con melancolía que no eres tú el que ladra y sigo anhelando que pasen pronto los meses, para tener en ti otra vez al amigo que no encuentro entre los demás hombres, porque… ¡es curioso!, sólo se valora la amistad de un animal cuando los humanos nos fallan ¡y nos fallan tanto!, pienso que tú no has visto el mar, mas no importa quizás, porque tú, ¡tú sólo eres un perro!, sólo…

Publicado por Juan Castellanos.

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Canción de cuna a un niño que no llegó a nacer

Canción de cuna a un niño que no llegó a nacer

Por una callejuela tortuosa y retorcida de una anónima ciudad insular, al pasar por una plazuela, a eso de la media mañana cuando cuelgan las alfombras de los balcones y empiezan a vomitar humo las chimeneas  de las fábricas y las agujas del reloj han avanzado lo suficiente para que hasta los trasnochadores más persistentes hayan abandonado sus lechos.

Atrae la atención una voz femenina, suave como un soplo de brisa matutina y delicada como si brotara de la garganta de una criatura celestial. Esta dulce voz de afinadísimas cadencias musicales, que no puede dejar indiferente al transeúnte, sale de una estancia anexa a un balcón en el que se apiñan de forma desordenada varias macetas de claveles y geranios. Algunas hojas empiezan ya a reverdecer, anunciando la próxima llegada de la primavera.

Hoy tengo el día libre y me he levantado demasiado temprano y un poco deprimido. Anoche discutí con Isabel (mi novia); estuvimos en una discoteca hasta altas horas de la madrugada, y bebí alguna copa de más, como suelo hacerlo cada vez que salimos sin tener que volver a una hora determinada.

Es una mala costumbre mía, pero no puedo dejar de hacerlo, tengo la boca reseca, ¡debe ser la resaca! Y me duele la parte superior de la cabeza. Siempre me propongo no beber tanto la próxima vez y, sin embargo, vuelvo a reincidir hasta llegar como anoche casi al borde la embriaguez.

Sigo caminando por las calles empinadas y zigzagueantes, no se ve a casi nadie. Un gato negro se despereza en un portal. Una señora obesa tiende sábanas en una terraza y un tanto distorsionadas por los años que debe tener el receptor suenan las notas de una pegadiza canción.

Continúo subiendo hasta llegar al final de la cuesta. Desde aquí se ve el mar y siento un momento de alivio, pero sigo teniendo la garganta seca. Lentamente bajo por donde he subido y llego a la misma plaza donde momentos antes he visto una fuente.

Me mojo las muñecas para sentirme mejor y me pongo un poco de agua sobre la frente que parece arder, bebo también un poco y noto que el agua tiene un fuerte sabor a cloro.

En el preciso momento que mi paladar intenta asimilar el ingrato sabor del agua de la fuente, llega a mis oídos la misma tonada que escuché la subir. Es una bonita canción de cuna y la voz está impregnada de una ternura y maternalismo que conmueven y ante el cual es imposible permanecer indiferente, entonces me doy cuenta que en el primer piso de una casa de enfrente, en la planta baja hay dos pequeñas tiendas de suvenir, donde se arraciman toda clase de objetos pintorescos y típicos del país, de los que hacen los hippies: collares de nácar, conchas marinas pintadas, chalecos y abalorios de piel, pulseras de colores, libros, postales… todo un mundillo de fantasía desbordante, pero lo que más atrae y enciende mi imaginación  es esa nana que se escucha, monótona, pero que suena dulce y angelical. Al oírla me siento transportado a un utópico mundo de felicidad, donde se conjugasen la innegable mano de la providencia al dotar a esa criatura de una voz tan dulce y la máxima aproximación de la perfecta felicidad humana tan idealizada como inalcanzable.

Me conmueve profundamente la voz de esta mujer que canta una nana a un niño con una dulzura y musicalidad, con una afinación tan perfecta que los querubines envidiarían si la escuchasen como yo lo estoy haciendo ahora. Evoco mi niñez y rememoro la voz de mi madre rasgando el silencio con su timbre de mujer melodioso y apacible, llegando a mis oídos embotados por las nebulosas de la inconsciencia infantil, y mi mente divaga y se pierde por la ya lejana época de los primeros pasos y las primeras palabras.

Al mismo tiempo y como contrapunto de estos etéreos pensamientos, siento en la garganta el mal sabor de boca de las palabras que tuve anoche con Isabel, discutimos la fecha de nuestra boda y yo que nunca tengo prisa para nada, me pareció como precipitado casarnos ya el próximo otoño, y sin tener todo lo que nos hace falta todavía, ni siquiera nos han concedido la hipoteca, por eso recuerdo que ella me dijo casi rondando la histeria, ¡Si lo seguimos pensando y aplazando, no nos casaremos nunca!

¿Desea algo, joven? De momento al oír eta voz me sobresalto, se trata de la señora de la tienda, sin darme cuenta me he acercado demasiado al surtido de baratijas, y me ha tomado por un cliente esta mujer de rubio rodete, gruesa y bien segura de si misma sobre sus regordetas y torneadas piernas. ¡Ah! No, perdone señora. Al mirarla me doy cuenta de que me está mirando severa y atentamente y seducido por su ineludible influjo comercial le pregunto, ¿Cuánto vale este collar? Mis manos que torpemente se han posado sobre un collar de pequeños caracoles marinos que cuelga de un clavo junto a una gran cantidad de colgaduras, es evidentemente bonito ¡Ciento cincuenta pesetas! Responde la señora. Saco un billete de quinientas y se lo doy, mientras con su enjoyada y regordeta mano busca el cambio en los bolsillos de su delantal, entre osada y tímidamente le pregunto: ¡Oiga! ¿Podría decirme quién canta tan bien encima de su tienda? Al oír esto, la mujer frunciendo el ceño mientras me alarga las vueltas exclama ¡Es Margarita, pobre chica!

Al oír esto, mi extrañeza va en aumento y resistiéndome a recoger el collar que ha envuelto en un descolorido papel, vuelvo a preguntar ¿Por qué pobre? ¡Con una voz tan bonita como la que tiene, debería sentirse muy afortunada! Entonces la mujer aclarándose la voz me responde. Déjeme usted contarle…  Margarita era una chica maravillosa, yo la vi nacer y crecer hasta convertirse en una preciosa jovencita, siempre fue una niña muy bien educada y muy cariñosa, y en el colegio era de las que mejores notas sacaba. En las festividades religiosas, cuando cantaba en el coro de lo iglesia, lo hacía como los mismo ángeles, pero después creció y conoció a un chico con el que estuvo saliendo mucho tiempo. A sus padres les desagradaba mucho aquella amistad o lo que fuera, e intentaron quitárselo de la cabeza, pero no consiguieron nada. Un día este chico se tuvo que marchar porque su padre era militar y lo trasladaron a la península, y la pobre niña se quedó muy triste, perdió las ganas de comer, yo creo que hasta de vivir quedándose muy pálida y delgaducha, al pasar unos meses descubrió con asombro que estaba embarazada.

Cuando lo supo, temiendo las iras de su padre que es un hombre muy enérgico y de haberse enterado hubiera sido terrible, mal aconsejada por unas amigas, fueron a ver a una mujer que según les informaron ejercía esta clase de cosas tan horribles ¡Dios nos libre!. Les dijeron que era muy sencillo y que no habría ningún tipo de problemas, pero surgió alguna complicación que no habrían previsto, y tuvieron que correr, porque si no la pobrecita se les hubiese muerto, perdió mucha sangre y estuvo a punto de morir, la internaron en un hospital donde permaneció varios meses, pero su razón quedó muy afectada y no se ha quedado bien mentalmente, pues aunque esto hace ya tres años  que ocurrió, se pasa días enteros acunando a un muñeco y cantándole nanas, le cambia los pañales y se los lava como si fuera un bebé de verdad, algunas veces se le olvida y pasa varios días sin hacerlo, pero otro como hoy está todo el día cantando esa angustiosa nana, que miré usted, a mi acaba poniéndome de los nervios.

Al decir esto la mujer me extiende el envoltorio y enjugando una lágrima que empieza a resbalar por su mejilla, me dice….¡Perdóneme, tengo trabajo! Y me da la espalda. Entonces, se oye de nuevo, más patéticamente que nunca, el hilillo de voz de Margarita:

“Duérmete lucerito de la mañana,

Duérmete lucerito

Duérmete y calla….

Noto que algo me oprime la garganta, subiéndome hacia arriba como un tornado, mientras bajo lenta y pesadamente las calles del empinado barrio que rodea la iglesia, el murmullo y la vorágine de la ciudad nueva me absorbe como una parte infinitesimal del Cosmos. Al llegar al bloque de apartamentos donde vivo, está esperándome Isabel, con su bolso a la espalda, el cabello suelto sobre los hombros, un cigarrillo encendido entre los dedos y cierto aire de impaciencia en la mirada.

Se me ha pasado el dolor de cabeza, pero como el peso de otra emoción me afecta tan considerablemente que Isabel me pregunta alarmada ¿Te ha sucedido algo? ¿Dónde has estado? ¡Te noto extraño! No es nada, le respondo y ofreciéndole el papel le digo; ¡Toma, es para ti, un pequeño regalo! Al desliarlo exclama, ¡Es muy bonito, gracias! Y con más deseo de levantarme el ánimo que de otra cosa, me da un beso en la mejilla.

Saber que Isabel no está enfadada conmigo, es un gran alivio para mí y también que la resaca se me haya pasado me hace sentir mejor, pero no puedo olvidar la experiencia vivida y tal vez esta noche escuche en sueños esa “Dulce canción de cuna” a un niño que no llegó a nacer.

Juan Castellanos

Publicado en EcoPoetas, OpiniónComentarios (2)

Andrea, la maga

Andrea, la maga

Llegaron al hotel donde trabajaba, un grupo de personas en un furgón enorme, con unas letras a modo de siglas pintadas en el costado de una empresa multinacional dedicada a la venta de artículos de limpieza al por mayor.

Eran un grupo de clientes extremadamente “latosos”. Se dedicaban a la venta de sus productos a las empresas, o tal vez aquello fuera una tapadera y vendían otras cosas que no vienen al caso de la historia que intento relataros.

Por las noches, en vez de dormir, salían a divertirse, intentando aprovechar que nos encontrábamos en temporada turística.

Uno de los miembros de aquella “pandilla” era una señora llamada Andrea, rubia y cursi, que echaba las cartas a todo aquel que podía sacarle las cuatro o cinco mil pesetas que cobraba como honorarios.

El resto del grupo era anodinos y vulgares hasta un extremo inenarrable; Sólo mencionaré a otro personaje que viene a cuento para el desarrollo del relato. Era una chica grande y gorda, que procedente de una isla vecina, perteneciente a nuestro país y al mismo archipiélago, había abandonado a sus padres.

A los pocos días de estar allí, llegó el amante de Andrea. Andrea estaba radiante, pidiendo copas a todas horas para tomar champagne, incluso de madrugada. Y tenía que dejar la recepción sola para ir a buscárselas.

Andrea, en su faceta de parasicóloga que es lo que decía que era, iba viento en popa, pues encontraba clientes a los que ofrecía sus servicios y les hacía predicciones para las que utilizaba dos clases de cartas: una baraja española y otro muy extraña a la que llamaba “El oráculo de no se qué”.

Llevaba los mazos de cartas en un trapo negro; afirmaba haber aprendido estas técnicas adivinatorias en África, donde había permanecido largo tiempo.

No conforme con la habitual pesadez con que se comportaba, Andrea comenzó a pedirme que le diera sábanas, ya que las que tenía se le habían manchado accidentalmente. Al pedírmelas varias veces, mis compañeras de recepción me dijeron que ya no le facilitase más sábanas por las noches, ya que se las cambiaban diariamente, y así lo hice, con el consiguiente enojo de Andrea.

Una de las noches  siguientes fue realmente extraña: Se podía ver entre jirones de niebla, una enorme luna naranja suspendida en el cielo que proyectaba sobre la bahía unos destellos rojizos, casi mates.

A pesar de tratarse de un lugar excesivamente ruidoso, flotaba en el ambiente una extraña calma, quebrada solamente por el aullido de algún perro que sonaba patético.

El hotel estaba prácticamente vacío, pues todos los clientes, a esa hora, se encontraban en las discotecas o sitios parecidos.

Un violento estrépito atrajo mi atención y me asomé a ver si desde la calle conseguía enterarme de qué se trataba. En la habitación de Andrea se oían fuertes golpes contra el grueso cristal de los balcones y oí una voz que decía claramente: ¡No quiero nada tuyo!

Me pregunté extrañado con quién se estaría peleando, ya que pensaba que estaba sola, pues había pasado como una exhalación por recepción, pidiéndome la llave apenas unos minutos antes.

Cuando salí de nuevo a la calle, unos minutos después, encontré en el suelo varias manzanas a las que se les había extraído la pulpa de una manera extraña sin romper la piel que estaba intacta y brillaba.

Me volví sobresaltado al sentir una mirada clavada en mí. Se trataba de un gato, estaba delgado, casi raquítico, pero había algo en su mirada, en su expresión, que me hizo sentir un escalofrío.

¡¡Dios mío!! Aquello era algo diferente, aún siendo un gato, estoy seguro de que se trataba de algo distinto, porque nunca había visto un gato como aquel, no sé, serían mis nervios.

Me refugié en la recepción intentando tranquilizarme. Andrea nerviosísima había bajado de nuevo, esta vez buscaba una determinada marca de cigarrillos que al no encontrar en la máquina expendedora se puso más histérica todavía.

Le ofrecí los míos que eran de la marca que ella quería, entonces se tranquilizó al encender uno, y me contó lo de su relación sentimental. Me dijo que este mundo era una mierda y que ya no lo soportaba.

¡A mi me lo iba a decir!, que vivía rodeado de ella y me amenazaba una depresión larvada, tan grande o más que la que pudiera sufrir aquella extraña e inestable mujer.

¡Pero no se puede tomar una decisión de dejar esto como quien decide tomarse un  helado!, le dije.

¡Te equivocas, se puede, respondió!

Como quiera que por un instante me dio la impresión de que era capaz de hacerlo, intenté persuadirla, tal vez por agradecimiento, me tomo la mano con las suyas, transmitiéndome un extraño e intenso calor.

Andrea intentó suicidarse aquella noche, lo supe después, ya que instantes más tarde volvió su amante y me pidió, primero una fregona para limpiar  lo que Andrea había vomitado y después me pidió que llamase a una ambulancia para llevarla al hospital donde permaneció varios días.

Estuvo a punto de conseguir lo que se había propuesto que era: “dejar esta mierda”.

La chica grande y gorda fue la que me contó que había querido quitarse la vida ingiriendo polvos de los que utilizaba para hacer los conjuros, por eso manchaba tanto las sábanas.

Me contó que dentro de un cacharro de porcelana guardaba una especie de “Ser” que traía suerte y concedía todo lo que deseaba a quien lo cuidaba –en este caso a Andrea-, pero el que se comprometía a cuidarlo se convertía automáticamente en su esclavo, las manzanas que encontré con la pulpa succionada, eran uno de los alimentos preferidos de”aquello”.

Andrea debió de tirarlas en un cruce de caminos y no por la ventana, pues según dijo la chica grande y gorda, aquello le podía costar caro.

Me explicó también que el “ser” que contenía el cacharro era caprichoso como un niño al que había que mimar, y tener mucho cuidado de no irritarlo porque podía resultar muy peligroso.

Ya de vuelta a mi tierra y habiendo decidido no volver a trabajar definitivamente en aquel hotel, acudí a una sesión de espiritismo, todavía fuertemente impresionado por las cosas que ocurrieron en aquel lugar, intentando encontrar alguna respuesta lógica.

Una médium me dijo que veía un tiesto de porcelana y en su interior algo viscoso y parecido a una rana. Luego había algo de verdad en todo aquello.

Pasados unos días en el hospital, Andrea volvió al hotel ya repuesta. El furgón de vendedores de productos de limpieza en el que habían llegado se había ido sin ella, y sin la chica grande y gorda que fue obligada por la Guardia Civil a volver a su casa. Era menor de edad.

No hablé más con Andrea, ni falta que me hizo. Una noche encontré en la papelera de recepción un montón de papeles de Andrea, en los que ofrecía sus servicios como adivinadora y parasicóloga, con su dirección y teléfono, que tuve buen cuidado de no anotar.

Publicada por Juan Castellanos.

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EL extraño viajero

EL extraño viajero

Cuando estaba trabajando de conserje en un hotel que había en una isla, fue aquel un trabajo en que tantas dificultades tuve que superar, pero que me proporcionó, sin embargo, experiencias como la que hoy me complace contaros.

Era una noche más de las muchas que me encontraba haciendo mi guardia nocturna en el hotel, desde las doce de la noche hasta las ocho de la mañana, no recuerdo bien si era una noche de principios de temporada o al final, que era la época comprendida entre Mayo y Octubre de cada año; lo que si recuerdo es que hacía bastante frío que se iba acentuando conforma avanzaba la madrugada y se oía como bramaba el mar al estrellarse contra las rocas de una cala cercana.

Las habitaciones habitualmente se vendían a las agencias de viajes que enviaban a sus propios clientes que hacían la contratación a través de ellas y a precios irrisorios, por lo tanto, era extraño que llegasen clientes directos sin haber contratado el alojamiento previamente.

Aquella madrugada sería poco más de la una, todo estaba en silencio, sólo se oía el chasquido de las olas golpeando las rocas de la orilla, o el viento agitando los espesos cañaverales de unos solares que estaban situados enfrente.

A consecuencia de la brisa marina, la puerta que era toda ella de cristal se había empañado y más que ver, adiviné la figura de una persona que se había situado frente a ella.

Abrí la puerta para que entrara, se trataba de un señor mayor, alto y delgado, de gran porte y elegancia, vestía al estilo clásico inglés, sin faltarle el típico sombrero de hongo, y cosa curiosa era el paraguas que llevaba en la mano izquierda, teniendo en cuenta que en aquella isla maldita jamás llueve, sujetaba junto al paraguas un pequeño bolso de mano y en la otra mano, en la derecha sostenía una maleta de tamaño mediano, fabricada en piel, material que tanto les gusta a los ingleses, después de cogerla, advertí que apenas pesaba.

Lo curioso fue que cuando fui a cogerla para intentar ayudarle y al hacerlo mi mano rozó superficialmente la suya, no pude evitar sentir un estremecimiento, estaba tan helada que me llamó poderosamente la atención, era un frío más intenso que el de un trozo de hielo, pero no era un frescor húmedo, era un frío seco, tan extraño que me turbó por un momento.

Di la vuelta a la barra de la recepción y le pedí el pasaporte, firmó la ficha de la policía, le entregué la llave y se dirigió al ascensor.

Debía ser su ropa, pero olía intensamente a naftalina o algún producto parecido de los que se utilizan para conservar la ropa en los armarios sin que la estropeen las polillas, y tanto la funda del pasaporte como la maleta, despedían un  fuerte olor a piel, algo así como a cuero rancio a pesar de estar perfectamente conservadas, lo atribuí a que tratándose de un anciano que hacía tiempo que no viajaba, debieron estar demasiado tiempo guardados.

Siguió transcurriendo la guardia, y ya no pensé más en él, era tanta la gente y tan extraña que venía al hotel y se veía en un trabajo como aquel, que acaba uno no asombrándose de nada por extraño que fuera lo que viese.

Debí quedarme “traspuesto” con los brazos apoyados en la barra, y poco antes de amanecer desperté sobresaltado, encontrándome al despertar con una inmensa mirada azul y un bigote color rubio panocha frente a mí. No lo oí bajar y me pareció raro, porque siempre ponía un enorme cenicero en las puertas del ascensor para que cuando lo llamasen desde las plantas superiores golpease las puertas y así despabilarme, pero debió bajar por las escaleras las cinco plantas. Me pareció extraño tratándose de un viejo y cargado con las dos bolsas y el paraguas y me sentí culpable de haber utilizado el viejo truco de colocar el cenicero en las puertas del ascensor.

Le extendí la factura que pagó con unos extraños billetes impecablemente nuevos y algo pálidos que yo no conocía a pesar de ser libras esterlinas, pero como acuñan billetes de banco en los diferentes países que forman el Reino Unido, en los cuales no aparece la cara de la reina Isabel II, no me sorprendió, pues vienen ilustrados con castillos, dragones, animales y otros motivos pintorescos.

Además  este caballero procedía de una parte de Escocia, Aberdeen, y me dejó como propina, muy generosa por cierto, de varias monedas de una libra, que estas si llevaban acuñada la efigie de la soberana inglesa. Le di las gracias y se dispuso a marcharse.

Cuando le pregunté si quería que le llamase a un taxi para que le llevase, supongo que al aeropuerto me respondió que no era necesario y puede observar, no muy bien, a través de los visillos que estaban entreabiertos como llegó a recogerlo un enorme automóvil de color negro, tipo Rolls & Royce, del que me llamaron la atención las enormes curvas redondeadas y brillantes de los guardabarros de las ruedas traseras.

Aquella mañana, cuando llegó la recepcionista a relevarme le expuse rutinariamente lo que había habido referente al trabajo durante la noche y me marche tranquilamente a dormir.

No lo supe hasta la mañana del día siguiente. El director del hotel que llegó más temprano de lo habitual, me preguntó que quien me había pagado con aquellos billetes que estaban fuera de curso legal.

Con toda naturalidad le respondí que el caballero inglés que la noche anterior había ocupado la habitación 502.

Me dijo que no era posible; en primer lugar porque la habitación había amanecido intacta, sin señales de haber sido usada, ni siquiera abierta, y en segundo lugar, porque los datos con que rellené la ficha pertenecían a un tío abuelo de su esposa, -estaba casado con una británica- Mr. Thomas McKey y hacía quince años que había muerto.

Sólo me quedaba la firma en la ficha, al parecer auténtica, para apoyar mi reiteración de los hechos, pero las risitas mal contenidas de las mujeres que hacían la limpieza, y sus comentarios (en voz baja) de que desaparecían de las habitaciones las botellas de bebidas alcohólicas que dejaban los clientes cuando abandonaban el hotel, me hicieron comprender, que ante una experiencia como la que acababa de vivir, me encontraba desesperadamente solo.

Publicado por Juan Castellanos.

 

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La otra cara de la navidad

La otra cara de la navidad

Asociamos de manera instintiva la idea de la Navidad a nieve, calles iluminadas, mazapanes y turrones, entre sones de villancicos, reuniones y cenas íntimas y familiares, felicitaciones y parabienes. Es tiempo de reconciliaciones, manifestaciones de afecto, diversiones y alegrías.

Para quién tenga dinero y pueda comprarse lo que le apetezca para cenar esa noche y pueda permitirse el gusto de rodearse de todos los lujos y caprichos a los que el consumismo invita; no esté a dieta; se lleve muy bien con su familia; tenga amigos y un trabajo que le permita celebrar en casa tan gloriosa efemérides, si encima es joven y tiene buena presencia, -como dicen en los anuncios que ofrecen trabajo- y goza de buena salud, no le hace ninguna falta que le deseemos ¡Feliz Navidad!!, ya que para él, es feliz Navidad, todos y cada uno de los 365 días al año, y tampoco tiene porque conmemorar la venida al mundo de nuestro Salvador, pues lo que se dice salvar, a una persona o familia, a una persona o familia que dejando de lado los aspectos espirituales de la cuestión se disponga a celebrar la Navidad de esa manera, el concepto “salvación” me parece totalmente fuera de contexto, como no sea salvarle del típico atracón gastronómico de Nochebuena, durante el cual algunas personas llegan a consumir el equivalente en calorías a un kilo de mantequilla pura.

SI LA NAVIDAD SE LES PRESENTA ASÍ, no seré yo quién se la amargue o complique, recordándoles que hay un Afganistán, unos países latinos donde los derechos humanos se violan todos los días. , Ni tampoco que existe una cosa llamada colesterol o que la hipertensión no se lleva nada bien con el turrón de chocolate por poner un ejemplo, ni que por esta causa se saturen los consultorios médicos de la Seguridad Social en los días precedentes a la fiesta.

TENGAMOS LA FIESTA EN PAZ y si no podemos brindar con champagne francés bríndenos con sidra, pero bríndenos, que la hay hasta de precio a un euro la botella. Regocijémonos este año que no sabemos si estaremos aquí el día siguiente, si nos atenemos al texto del antiguo y popular villancico: “La Pascua se va y se viene…

Además, como prefacio tenemos el sorteo de la Lotería Nacional que ¡¡quién sabe!!

Ante perspectivas tan halagüeñas como esta: La casa engalanada de cintas y árbol con lucecitas de colores: la despensa llena; la posibilidad de volvernos ricos, reunimos toda la familia alrededor de una mesa bien provista, y vestidos con nuestros más elegantes atuendos. Entre risas y brindis, uno no puede dejar de preguntarse ¿Qué tendrá que ver toda esta puesta en escena con el nacimiento de Jesús hace poco más de dos mil años?

Y SI NACIÓ EN UN PESEBRE; ¿Por qué se celebra su venida al mundo con tanta ostentación? Hay muchos interrogantes a los que yo, la verdad, no encuentro respuesta, porque entre otras cosas me parece de una ingenuidad tremenda pensar que todo el mundo lo pasa tan bien, ya que aparte de los pavos y besugos, a los que no les hará ninguna gracia esta celebración de los humanos, están las personas que no tienen un euro; que están enfermas o a dieta. Y deberíamos pensar que casi resulta grotesco lo que pensará una persona que esté sola porque no tenga familia ante esta especie de necesidad psicológica de reunirse como una piña todos los componentes de una familia a cenar esa noche, aunque no se hayan soportado durante el resto del año. DEBE SER ESPECIALMENTE DURO para una persona en esas circunstancias superar la noche del día 24. Desearía escaparse a una isla tropical, donde no sepan lo que es Navidad para evadirse del sentimiento de desamparo y soledad que le crea la falta de tacto de la sociedad en que vivimos, en unas fiestas pensadas más para el consumo que para recordarnos el profundo significado del nacimiento de Jesús. A quien se encuentre en esta situación solo le quedan como alternativas: Buscar a otra persona que también esté sola, o quedar para ira a cenar la Nochebuena,-llevándoles un regalo tres o cuatro veces superior al valor de la cena- a casa de unos primos, si los tiene.

Juan Castellanos Gómez

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Carta a los Reyes Magos

Carta a los Reyes Magos

Dedicada a todos aquellos que mereciendo un premio tan sólo recibieron carbón.

 

Quiero dirigiros una carta pero no se como debo dirigirme a ustedes, ni sé si debo deciros de usted o de tú, o vuestras majestades tal vez, no sé, espero que eso no influya para que me concedáis lo que deseo pedir o solicitar que para el caso es lo mismo.

Pero lo que concedéis o dejáis en las ventanas o balcones suele ser material ya que casi siempre dejáis juguetes, muñecas o peluches, que eso la verdad muy original no es, pero si es cierto que hace las delicias de los niños que con tan poco se conforman para llevarse una alegría, eso si, mantienen algo que los mayores hace tiempo perdimos, la ilusión, y al parecer las figuras de sus majestades avanzando sobre las tambaleantes patas de los camellos  erguidas sobre sus grupas tiene la virtud de activar hasta ilimitados extremos.

Otro de los requisitos que parece imprescindible al dirigirse a vosotros es haber sido bueno, y yo la verdad, lo que se dice bueno, bueno, no creo que lo haya sido mucho el último año, pues he trabajado algunos días estando en el paro, he pirateado películas y “cedés” que luego he vendido y me he puesto como un ogro cuando alguien ha intentado colarse en la pescadería o en la cola de la Seguridad Social, así que soy más candidato al saco de carbón  que a lo que me voy a atrever a insinuar, dejándolo caer como quien no quiere la cosa, que me concedáis u otorguéis, pero en vez de carbón, podríais dejar una bombona de butano porque al precio que va y con estos fríos sería mucho más práctico.

Pero a lo que vamos, ¿como pedirle algo a un arquetipo?, a tres arquetipos que como si vinieran de la Jimena cada año nos visitan la noche del 5 de Enero rememorando esos sueños de niños que siempre hemos tenido todos alguna vez y de ese país de sueños nos traéis el mensaje de que la vida sin sueños no es vida y que es preciso seguir siendo un poco niños para visitar de vez en cuando ese país o entender el mensaje de los que venís de él, y por unas horas de esa madrugada escapáis de los belenes para venir a adorar al niño que todavía vive en los más hondo de nosotros o al que cronológicamente lo es en este momento y en este año para traernos el mensaje una vez más de que con fantasía y con sueños es más llevadera la existencia.

Y esa es mi petición señores magos, quiero seguir teniendo sueños, quiero seguir soñando que los tengo, quiero vivir en un país de sueños del que vosotros seáis parte importante y soñando ese sueño en el que podéis sumirme con un giro de manos o un golpe de bastón, soñar un mundo donde no existan las fronteras, ni las armas de guerra, ni la pobreza y amargura, los celos y la envidia no sean el móvil de los seres humanos, donde no ataque el hermano al hermano, y cada uno de nosotros no salga nunca de su país si no es por gusto, no tenga que dejar su mujer, su familia, su casa ni su perro para salir a buscar pan en otra tierra donde hace otro clima, se hable otro lenguaje, le sepa agrio el vino que se beba, no le aprieten la mano cuando la extiende y los perros le ladren al pasar y tenga que paliar su soledad bebiendo una lata tras otra de cerveza o aferrarse horas y horas al teclado de un móvil como único medio de comunicación, donde no hayan noches sin Luna, perros abandonados, méndigos sin albergue o niños sin cuna y nadie que no sienta la ternura de un beso, un apretón de manos, un pedazo de pan o un fuego que calienta.

Quiero vivir en un mundo, un país o un lugar donde uno no se crea más listo ni más guapo que otro y podamos mirarnos frente a frente sin diferenciar razas ni colores, sin competir por nada ni por nadie, escuchar los compases del “Himno a la Alegría” que sea ese nuestro himno elevándose al cielo y nunca un ser humano niegue el agua a otro que tenga reseca la garganta o agrietadas sus tierras

No quiero que me toque la lotería primitiva ni vivir en una mansión con guardias jurados, grandes coches en el garaje, criados ni piscinas, ni jardines con estatuas y nenúfares flotando en los estanques, no quiero cuentas bancarias en Suiza, ni el poder ni la fama, sé que no me harían mejor ni más feliz pues para conservarlos caería en una nueva forma de esclavitud.

Por eso ese sueño que yo quiero soñar es tan sensacional como que los pueblos vivan siempre en paz, si acaso  consigo ese sueño soñar, si acaso consigo sumirme en ese sueño, queridos Reyes Magos, sublimes majestades, dejadme que lo sueñe, que ese sea mi regalo, ya que ni vosotros ni yo tenemos poder para cambiar la realidad, dejad que siga durmiendo. ¡No quiero despertar y encontrarlo todo igual!. No quiero, no quiero, no, no, no……

Pero del mismo modo que Alice in Wonderland despertó y tuvo que enfrentarse a un mundo sin conejos blancos con chistera, sin  sombrereros ni liebres de marzo que tomen el té a ritmo de vals, así el desagradable  sonido del despertador me devolvió a una realidad hostil, ingrata donde todo es y todos actúan de manera subjetiva y  arbitraria y a encontrarme además de la inevitable sentencia de un año nuevo que empezar a vivir ,con el carbón que los p. reyes a lo largo de mi p. vida siempre me dejaron.¡¡Estaba claro que este año no iba a ser una excepción!!

 

Juan Castellanos Gómez.

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Poesia de Navidad

Poesia de Navidad

Navidad ¡Qué dulces sones

de tus esencias emanas!

haces olvidar problemas

y a las personas hermanas.

 

¿Cómo puede un simple niño

que desnudo nacerá

inspirar tanto cariño

a toda la humanidad?

 

¿o ser un rey poderoso

siendo ejemplo de humildad?

¡qué misterio tan hermoso

es el de la Navidad!

 

Un ángel abrió las alas

para anunciar a Jesús

¿Se abrirán todas las almas

al que es portavoz de luz?

 

Y a María ¡dulce María!

Nuestra madre universal

que a su hijo acompañó un día

desde el principio al final.

 

En la iglesia las campanas

comienzan a repicar

anunciando jubilosas

que ha nacido el niño ya.

 

Alborozadas las aves

lanzan al viento sus trinos

hacia Belén van las gentes

cantando por los caminos.

Un músico despistado

en la noche se ha perdido

y se escucha por el prado

de una zambomba el gruñido.

 

Ya vienen por las veredas

alegres los pastorcillos

se van llenando las sendas

de personajes sencillos.

 

Y en el cielo generosa

les guía una estrella fugaz

mostrándoles luminosa

de sus destellos el haz.

 

Y los tres reyes de Oriente

van siguiendo el resplandor

de su luz resplandeciente

a adorar al Redentor.

 

La chirranchas y panderos

Los pastores van tocando

y por todos los senderos

a Belén están llegando.

 

Por un mulo marginado

y de una vaca al calor

tiernamente acurrucado

ha nacido el Salvador.

 

Gloria a Dios en las Alturas

salve a tu divinidad

que nos traes Paz y ternura

AMOR Y FRATERNIDAD.

 

Juan Castellanos Gómez.

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ESTA  LLUVIA  DE  AMOR SOBRE JUMILLA

ESTA LLUVIA DE AMOR SOBRE JUMILLA

ESTA  LLUVIA  DE  AMOR SOBRE JUMILLA.

 

Al fin llueve en Jumilla

quiso el cielo, pintar verdes

sus ocres esteparios

y anegando los campos y senderos

generoso y espléndido donarnos

ese bien tan escaso que es el agua,

para que luego con fatiga y sudores

-         milagro de la tierra generosa –

ser dulcemente en vino trasmutada,

que a falta de arroyuelos y de mares

que los cielos reflejen en sus aguas

esta tierra por la Luna bañada

es su luz desde arriba descolgada.

Y es al alba su cielo sonrosado

precedente de claridad tan bella

que nunca ojos algunos contemplaron

y es que es Jumilla luminosa estrella

engarzada con honrosa raigambre

como esmeralda que adorna la corona

de mi querida comunidad murciana.

Abre Jumilla las puertas de sus casas,

Y sus brazos la gente, hospitalaria

a aquel que nos visita. El que regresa

a celebrar sus fiestas patronales.

Al llegar a Jumilla siempre encuentra

que le espera cual novia engalanada,

acogedora, abierta, esplendorosa.

Y es durante los días de su estancia

Escenario de recuerdos felices

que no podrá evitar luego, añorarlos,

y al partir, una lágrima furtiva

pugnará por caer a sus mejillas

recordando los momentos pasados.

Ya no podrá olvidar mientras exista

las experiencias vividas en Jumilla

que al evocar, el tiempo hizo poema.

Así es Jumilla, enclave de culturas

sin renunciar jamás a sus valores.

Es un crisol de colores y aromas,

cuando en sus montes la mañana asoma

entonando su diaria sintonía

con valor planta cara al nuevo día.

Para que siempre se conserve fresca

y sus esencias se mantengan vivas,

poder volverme lluvia yo querría

y humedeciendo viñas y olivares

ser agua que la tierra empaparía

y avivando los tonos de las flores

tal vez, así a la vida volvería.

Mas, no puedo ser agua y son mis versos

como pequeñas gotas que esparcidas

por el viento, dejando están caer

esta lluvia de amor sobre Jumilla.

 

Juan Castellanos Gómez.

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