Por supuesto que no es lo que era, es otra cosa distinta, algo diferente, pero es un gran evidencia que ha dejado de ser la emblemática calle de Jumilla que era, que fue y que ya no volverá a ser, podrá ser otra cosa, tomar otro giro, nunca se sabe, pero ya no es uno de los lugares más emblemáticos por donde discurrieron los años más representativos de nuestra historia, la calle salón por la que se daban vueltas y más vueltas, donde las jovencitas lucían su discretos escotes y faldas atrevidas si hablamos de algo así como a media pantorrilla ya era un disparate y una revolución en la moda de entonces. Qué poder de convocatoria el de esta calle, especialmente en el tramo de la Glorieta al jardín de las ranas.
Las tardes de domingo especialmente y las de cualquier festividad se convertía en una calle multitudinaria donde se sentía y se respiraba la cultura y la idiosincrasia jumillana, plagada de Instituciones, pero no me refiero a organismos oficiales y esas cosas, sino a las instituciones que crea, que construye el pueblo, el mismo pueblo y ese sentir popular del que Jumilla no es ni será nunca una excepción, si lo fuera perdería parte de sus raíces y eso es algo que los jumillanos no estamos dispuestos a permitir que suceda aunque aceptemos convivir regruñendo con este cosmopolitismo que los tiempos nos imponen y nuestro carácter tolerante y hospitalario ha asumido a la perfección.
Las instituciones a las que me refería en líneas anteriores eran “La Macarena” el Bar de mis primos, cuantos partidos de fútbol y festivales de Eurovisión en blanco y negro vimos en la Macarena, cuando una caña de cerveza valía 2 pesetas y otra peseta el aperitivo, “El Bar Central” cuando lo llevaban los Kikos, jamás he comido otra ensaladilla rusa como la que hacían allí, y qué vamos a decir del “Bar Sota” con aquél jamón tan bien cortado y todo tan limpio, en aquellos establecimientos que más que bares, eran verdaderos templos de la hostelería, un canto a la profesionalidad, al trabajo bien hecho y con ganas, a servir al cliente, aquello si que era trato personalizado y relaciones sociales sanas y pueblerinas, todavía no se decía como ahora “que interaccionamos”, entonces se convivía, sanamente, con espontaneidad y sin prejuicios, con campechanería y desparpajo, “El Bar Europa” “El Bar Glorieta”, “La Mercantil” nos sabíamos los nombres de sus dueños y los pronunciábamos con familiaridad.
Los carros del “Chambi” en verano y de castañas en invierno, todavía Jacobo, (hijo), las prepara riquísimas lo mismo que su agua limón en verano, menos mal que todavía nos queda algo de tanto valor, como es este matrimonio, Jacobo y su esposa Virtudes que es consciente del valor de lo tradicional y de la calidad de lo que ofrecen al público jumillano.
¿Y el kiosco de Teo y Juana? Cuántas colecciones he encuadernado que forman parte de mi personalidad y de mi cultura, que nunca hubiera completado de no haberme guardado Teo los fascículos. Que lección de sencillez, de atención al público y de jumillanismo nos ha regalado esta entrañable familia con su testimonio de unas vidas dedicadas al trabajo y al servicio a los demás, desde los tiempos en que se comían “garbanzos torraos”, tramusos y las pipas se vendía por medios celemines en papel de estraza realizando su tueste por procedimientos caseros los mismos que para las papas fritas, cuando no existía el plástico y todo se expedía en cartuchos de papel.
Allí justito al lado se encuentra “El Teatro Vico” cuantos esfuerzos para convencer a aquella señora enérgica que hacía de portera de que habíamos cumplido los 14 años para que nos dejara pasar a ver unas películas de romanos o del oeste que hoy nos perecerían un tostón.

En la otra esquina junto a “Casa Gallar”, que lamentablemente también ha cerrado, estaba una señora mayor muy simpática, pero con una gracia, un influjo y un saber vender que ya querrían para sí, las supervisoras de las grandes superficies de hoy. Era Milagros, Viuda de “José, el de horno”.
Los días de fiestas por las tardes era tal la afluencia de público en la calle de la feria que es comprensible que lo vendiera todo, allí salía todo el pan que no se había vendido en toda la semana en forma de bocadillos, de anchoas, de sobreasada, de lo que ahora llamamos salami, de lo que fuera, todo ellos aderezado por su inigualable simpatía, fue una pionera de lo que ahora barbarísticamente llamamos “sándwich” , cuando aquella señora te hacía unos bocatas a dos reales que ojala pillara uno yo en este momento.

Más allá estaba “La Pilarica” este establecimiento era el no va más del refinamiento en la más exquisita de las pastelerías, elaborada por el maestro confitero “Sr Gea” que se vino de Valencia y crió aquí a sus hijos, consumir productos de este establecimiento era un lujo que no todo el mundo podía permitirse. ¿Quién no comimos alguna vez una de aquellas famosas “merendolas” aunque no tantas veces como hubiéramos querido?
Había muchos comercios con productos muy específicos, la Zapatería de Marquina, con aquellos zapatos de inmejorable calidad de la marca “Gorila”, al lado estaban Tejidos Ibáñez o sea “Los Antoñitos”, con que educación y con que elegancia atendieron durante años a su público, a sus clientes jumillanos, otra institución dentro del comercio jumillano de entonces.
Sus hijos todavía permanecen atendiendo su tienda con su estilo personal y alternando este trabajo con clases de música, son responsables de la educación musical de más de media jumilla, y para todos tienen el consejo y la orientación necesaria y desinteresada por su parte en lo que a música se refiera.
Estaba el edificio de Correos con la típica boca abierta que hacia las veces de buzón, hoy en el museo “Jerónimo Molina”. Enfrente estaba el “Bazar Gómez” con Antonio despachando con su peculiar forma de atender al público y una gran simpatía y cultura y una en principio insospechada eficiencia para hacer su trabajo.
El Colegio concertado Santa Ana, que ha celebrado recientemente su cuarenta aniversario, y que es ejemplo de buena educación y de eficiencia docente, el buen gusto y la sobriedad de su fachada son un eslabón más dentro de la cadena de edificios significativos que la conforman.
El Círculo Cultural, la flor y nata de la intelectualidad jumillana se daba cita allí, las inolvidables veladas en los bailes de Nochevieja. Las notas que salieron de las manos del maestro D. Julián Santos se quedaron enredadas en las lámparas de sus salones para siempre, que al evocarlas, –imposible no hacerlo al entrar en ellos-, se asocian con los recuerdos convirtiendo este sitio en un lugar inolvidable, con sus confortables sillones, los periódicos doblados encima de las mesitas y el inconfundible aroma del café o del Barón Dandy que usaban los clientes después de afeitarse antes de acudir al casino.
Las personas del entorno social, creaban un entorno humano muy variado, estaban los limpiabotas, los ciegos que vendían “los iguales” y los Kioscos de baratijas y tebeos como “Juan de las torraicas” “Ginesa” y “Juan Tiriti”, hoy todos estos kiosquitos, pequeños negocios que han desaparecido como, los carros del “Chambi” daban a la calle de la feria un aspecto original y variopinto, era toda una sinfonía de colores, aromas y sonidos.
Y junto al casino la consulta de D. Lorenzo Guardiola, el médico más entrañable, generoso y humano que han conocido los tiempos, que forma de entender la medicina, de practicarla, cuanto amor dio a los suyos, y los suyos fuimos todos, todos los que necesitáramos de su ciencia, de su saber, de su generosidad. Y además bordó con letras de oro en la literatura el nombre de Jumilla, también en la calle de la Feria, estaba su consulta y su casa, ahora de su familia. Pero sin D. Lorenzo ni la calle de la Feria es lo mismo ni Jumilla tampoco, siempre estará asociado a la misma en el recuerdo de los que vivimos.
Y también venía de su casa, camino del casino, aquél hombre grandote, espontaneo, genial, D. Julián Santos el hombre, el compositor se quedaba en casa para legarnos a los jumillanos el regalo más grande, imperecedero y hermoso que un pueblo puede recibir de alguno de sus hijos. Su música, la nuestra, que nos equipara a cualquier capital centroeuropea cuando se escuchan las notas de “Los recuerdos jumillanos” y esa misma calle de la Feria es el escenario.

Del pasodoble “Mantillas de Jueves Santo” es como elevar el testimonio de su genio a las esferas de la inmortalidad y que es repetido a cada edición de la Semana Santa Jumillana por cuya misma calle discurren las principales procesiones escenificando la pasión de nuestro Señor.
¿Como hablar de la calle de la Feria sin evocar a las personas que en ella vivieron, por ella pasaron, y marcaron la pauta en el vivir y en el latir jumillano del siglo XX? Sin hablar de ellos no hubiera podido, sería a pesar del crisol de estilos arquitectónicos en que se ha convertido solo un cúmulo de piedras amontonadas unas encima de otras.
Hoy la calle de la feria es otra cosa, pero sigue siendo la calle de la Feria, paseemos por ella, vivámosla, ya no será lo mismo, quizás sus páginas más gloriosas ya estén escritas, pero escribamos juntos otras nuevas, y sobre todo no la dejemos desierta ni permitamos que se convierta en un lugar aburrido y solitario, démosle entre todos la vida que le falta, organicemos actos y visitémosla para que sea por siempre Nuestra calle de La Feria.
