La memoria es frágil, voluble, sutil, casi etérea y, sin embargo, sin ella no tenemos identidad, conciencia y, por tanto, algo que en definitiva podamos reconocer como vida humana. De ahí que temamos su pérdida y consideremos la enfermedad de Alrzheimer como una muerte anunciada o una muerte en vida. De ahí que nada nos aterre más que nuestros seres queridos o nosotros mismos, podamos caer en manos de tan desgarradora, cruel y trágica enfermedad de nuestros días.
Curiosamente tendemos a creer que unas personas tienen mejor o peor memoria que otras, hablamos de «memorias de elefante» o de «desmemoriados». A nivel coloquial decimos tener poca o mucha, ignorando que la memoria humana es caprichosa y voluble. La psicología clínica ha demostrado que el celebro humano tiene una especial habilidad para olvidar aquellos sucesos que experimentamos como dolorosos y tristes. Por eso, nuestra memoria es dulce y antojadiza. No es por tanto, ni exacta ni objetiva, sino por el contrario, resulta ser el álbum personal de miles de estampas preferidas por su dueño.
Por todo ello, deberíamos ser conscientes de que la llamada «Memoria histórica», es siempre una memoria interesada y parcial. Es en definitiva, una específica y particular manera de mirar hacia atrás. Es más, desde hace un tiempo empiezo a sospechar, que recurrimos a la memoria colectiva no para evitar los errores del pasado, sino seguramente para perpetuarlos en un presente que no nos gusta. Nunca hasta hoy se estudió tanta historia, nunca como hoy repetimos las viejas cantinelas de siempre ¿De qué sirve, por tanto, la memoria colectiva?.
Si me lo permiten aunque inevitablemente necesaria, nuestra memoria, la individual y la colectiva, es el ungüento mágico que como el «Bálsamo Fierabrás» de D. Quijote, esconde nuestras vergüenzas y perdona nuestros pecados.
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