Alguna vez, en alguna parte, leí una vez que al final de nuestras vidas lo único que nos queda son los recuerdos de haber vivido. De ahí que la muerte en vida sea esa penosa enfermedad que nos los arrebata. Ignoro por qué razón, pero de un tiempo a esta parte me recreo demasiado en estas posesiones personales, hasta el punto que comienzo a creer que el presente me supera y trasciende sin dejar huellas nuevas y profundas en el alma.
Estas vísperas paseaba por nuestro Teatro Vico con unos amigos, cuando una amiga me preguntó si echaba algo en falta, sorprendido por su pregunta no supe que responder hata que ella me señaló un cuadrado de losas limpias en la baldosa, aquel que había ocupado desde su arreglo el «Quiosco de Teo».
Hasta ahora, aun a pesar que lleva tiempo cerrado, allí permanecía evidenciando su presencia. Fue en ese momento, cuando un río inmenso de recuerdos atravesó impetuoso mi memoria. Durante estos días he vuelto a su cauce, a sus saltos, he navegado por sus remansos preguntándome mil historias, pequeñas anécdotas, recreándome en sus aguas que ahora me perecen cristalinas y doradas bajo la luz de una tarde otoñal.
Con el Quiosco de Teo se fueron mis diez reales de paga semanal; dos pesetas para el gallinero del teatro, tres perras gordas para el enorme cartucho de pipas que en papel de estraza me daba Juana, las dos restantes, en puromoro.
Con él se fueron las trepidantes sesiones dobles de pataleo en aquellas tablas del teatro, cuando finalmente el artista venía a rescatar a la chica. Con él las ilusiones infantiles de una tarde de Domingo.
También se han ido los chascarrillos compartidos años después con Teo en las mañanas dominicales, mientras este introducía en la bolsa el dominical con algún que otro fascículo coleccionable. Con él se fue mi asombro por la memoria de su dueño, al que desde mediados de los ochenta venía recomendándole la compra de un ordenador. Teo respondía: ¿Para qué, se me ha olvidado acaso lo tuyo?.
Con él se marcharon igualmente las interminables compras del nutrido surtido de gomilonas, barras de regaliz, chicles, chupa-chups y otras cuantas chucherías que llenaban la bolsa con sus mil colores para deleite de la chiquillería más reciente
Desaparecieron los encuentros fortuitos en la cola del quiosco con el amigo, el vecino o conocido. Ya no hay charla improvisada sobre lo divino y humano, ni siquiera sobre lo bueno que era el difunto de la tarja que pendía en uno de los laterales de la caseta.
Pienso ahora que esas eran las noticias que allí buscábamos, esas las que nos importaban y no las que aparecían en la mancha del papel prensa a grandes titulares.
Desapareció el Quiosco de Teo, sí; pero vive en el remanso tranquilo que forman los recuerdos de nuestras vidas. Eso, aunque sepamos que el agua pasada ya no mueve molinos.
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